Cartas Chilenas
"Tuve que serenarme y guardar la carta unos momentos. Después respiré hondamente, como el que ha estado a punto de ahogarse, y me tiré sobre un sillón, como otra vez, exhausta por la emoción que casi me mata." En: Cartas de amor de Gabriela Mistral. Sergio Fernández Larraín (comp. y notas). Santiago, Ed. Andrés Bello, 1978.
2.7.06
19.10.05

(Anotações para não esquecer: ele acabou de sair em viagem. Quatro dias em Pittsburgh e depois retorna. Fiquei na varanda olhando o táxi partir e, às minhas costas, senti que ela andava pela sala. Eu já tinha tomado a resolução de puxar conversa, mas achei que ela queria tomar a iniciativa. Resolvi esperar. Tenho quatro dias de espera, e me sentei a uma das cadeiras. Ela se acomodou na cadeira ao meu lado, abriu um livro que não percebi como lhe surgiu no colo, e começou a ler. Terminada a leitura, foi embora, a minha "andariega". Percebi que as palavras dela permaneceram palpáveis, como blocos que fui montando para reconstituir abaixo tudo o que ela me disse. Sem sobrar ou faltar uma peça sequer.)
I
"Me despierto en el nocturno de Barcelona a Madrid, a la exclamación amiga de: "¡Vamos atravesando Castilla!". La ventanilla deja ver una miseria de tierra cansada, que el alba hace más mezquina todavía, tierra con no sé qué del menesteroso humano, que la niebla desnuda a medias, rompiéndose sobre ella también como túnica pobre. Me levanto; aparece en el horizonte Sigüenza, la Sigüenza crestada y dura de torres y murallas, que me bautiza el ojo en ciudades castellanas.
Sigo mirando tres horas por la ventanilla del tren y mis ojos, que vienen llenos de Mediterráneo, es decir de índigo y sol, rechazan mucho tiempo este paisaje, a trechos de ceniza, a trechos de cobre de yelmo viejo. Y es que Castilla no se conoce sino en extensión; como Kempis, deprime en mi versículo.
Comienzo a verla cuando salgo de Madrid hacia el Escorial. Castilla casi no es una tierra, es una norma: no se la olfatea como el platanar del trópico ni se la palpa con los ojos como a la pradera norteamericana: se la piensa; nacen conceptos de ella, en vez de olores; en lugar de la fertilidad del humus, los huesos de sus muertos hacen su fertilidad de fiebre. Recuerdo las palabras de un francés:
"Esa Castilla que yo he visto, pero que debe ser tremenda tierra, ha enloquecido de abstracciones a vuestro "Unamuno". Como antes al Greco, contesté; y está bien entre tantas mentes jugosas y abundantes, esa seca y febril de Salamanca.
Dejamos atrás la mancha verde de los parques, donde caza el Rey, y hacia el Escorial, la llanura se va desnudando: entran en el ojo las austeridades, hasta que la enorme fábrica aparece.
El Escorial debe al paisaje la mitad de su emoción; es solamente una estrofa de la meseta. Me acuerdo de un rojo escudo medieval de museo florentino. Tenía, al centro, hincada una gran espina de bronce, que lo hacía más desnudo y vigoroso. Así aparece, para marcar mejor la dureza de la llanura, el Escorial.
Me sorbió como una gota por sus gargantas heladas de corredores, dándome esa sensación con que he cruzado todas las fortalezas, la de llevar un manto de bronce sobre mis pobres hombros no domiciliados en la grandeza.
La Iglesia abruma con sus frescos ostentosos, cuya colocación se pelea con la enjutez insigne de la piedra; la sepultura de los reyes, en la entraña más fría del palacio, me dio el espanto de la corrupción en la sombra. Mi alivio fue entrar a los aposentos de Felipe, que son de una intimidad llena de pesadumbre. Toqué con emoción los sillones, suaves de muerte, la pequeña mesa en que se firmaban los destinos de la América; me llené de piedad delante del lecho. Ahí se deshizo de cáncer el hombre real, bajo su misma mirada, y se sintió la sumidura como de agua de cisterna, de su propia carne. Le dieron un nombre terrible, con la inexactitud que tiene el odio cuando define: el Demonio del Mediodía era un varón lento y lleno de paciencia; odiaba su lujuria y se hundía en el remordimiento; quemaba herejes, por libertar el alma del cerebro en que estaba hincado el error: de su lectura cotidiana, un mal genio apartó el cristianismo jovial de las parábolas, y el millón de horas sin alegría pudrió su sangre.
Me libro, al fin, de la mole de piedra. Salgo al jardín de arrayanes, que conocéis por un apunte de Azorín, que es fiel como un tacto. Mis compañeros caminan delante de mí, yo miro al paisaje de Castilla, que en la mañana sin luz, tiene el amoratado verde de la carne muerta que pintaba Mantegna.
Entonces veo venir, sin misterio de aparición, chocando el hábito duro contra los bojes recortados, una vieja monja que se pone a mi lado. Sigo caminando y ella va conmigo. Un poco gruesa, nada ascética, sonríe con risa de boca grande, de sanos dientes; la mejilla es llena y las facciones vigorosas.
-A ver si me dejas, me dice, que yo te haga ver la Castilla mía, para que la comprendas. Mira que es vino fuerte que necesita potencias firmes y que tú vienes de América y tus sentidos son gruesos para una tierra de aire sutil. Conozco a tus gentes y quedó sangre de los míos sembrada por el valle de Chile.
Me mira con sus ojos grandes, y la conozco por su naturalidad y por el tono con que escribía unas bravas cartas a Felipe II.
-Sois "la andariega", le digo; los españoles te llaman todavía "la fundadora" y los pedantes "la loca del amor a Cristo".
-Sí, dice, fundaba; levanté por aquí conventos, ya ni sé cuantos. Te puedo guiar sin ir preguntando, hasta la frontera del Portugal. Ahora hacen mapas para andariegos. Yo medí mi Castilla caminando; llevo el mapa vivo bajo mis pies, hija. No me cansé de fundar. Tú, mujer de Chile, sin fundar, te has cansado.
-Es cierto, madre.
- ¿Sabes por qué? Porque has querido fundar condescendiendo con los hombres, sujetando tu impulso, así se construye sin alegría y la obra, que sale muerta, ni la aprovecha ni Dios ni el Diablo. Yo, fundaba, hija, según el croquis divino que se me pintaba en el pecho. Y no buscaba gustar a nadie. No era para ésos mi fiesta y ¡qué habla de gustarles! ¡Te acuerdas que salí a los cuatro años, fugada con mi hermanito, en busca de herejes que nos descabezaran! Nos hicieron volver, y casi paró la hazaña en azotes; pero estaba la vida para el desquite. ¡Y en grande me desquité, tú lo sabes!
Hemos salido del Escorial; mis compañeros van en busca del buen yantar hacia un hotel. La viejecita camina, apegada a mí; entra en la fonda, se queda disimuladita en un rincón. La miro y le sonrío.
Salimos después de la buena sopa exhalante a mirar el Escorial, por todos sus costados en el paisaje.
- Madre, le digo: ¿No habrá un poco de vanidad en eso de fundar mucho?
-Si se funda menos, hija, el tiempo sopla con sus carrillos firmes y no deja nada. Los vanidosos esquivan los actos para librarse de mofas. Es ejercicio de humildad, construir y construir.
Mira: que yo levantaba aquí un convento, es decir, que ponía un montoncito de mujeres a trabajar. Pues, humildad para pedir la tierra y sacarles a los cristianos de mano apretada, las tablas, los ladrillos, las tejas. Venía el vivir debajo de aquel techo. Resultaba que yo sabía al principio poco de manejo de mujeres que es dura faena. Hija. Me fallaban las hermanas, que no estaban maduras para encierro con Dios. ¡Y tantas limitaciones más! Todo eso era sentirme necia a cada hora, y reírme de mí sonoramente y volver a empezar, diciendo, entre caída y caída, gracejos para echar atrás la pesadumbre.
El orgullo, ése es quien se queda con las manos blancas, y muy hermosas, sin obrar.
Ya es mediodía.
Mi viejecita camina y camina con el ruido de hojas de plátano de sus sandalias secas. Ahora Castilla es una desolladura de gredas rojas, la piel de un desollado inmenso, que a trechos sangra y a trechos tiene una sequedad que mis ojos no conocían. ¡Ay, la aridez de Castilla! ¡Parece que chupara la sangre del que pasa!
La fiebre del mediodía con marcha, me rinde, sin que afloje el paso de mi compañera. Pasa una tierra que es como los riñones secos de Job: pasan pinares escasos, pinares entecos, que el suelo, con esta terrible voluntad de desposeimiento, no quiere sustentar.
Me siento, invito a sentarse a mi aparición: el semblante de la vieja de Avila está rojo como un cántaro castellano.
-Tu tierra no tiene regazos, le digo; en la mía, la cordillera hace cobijaduras por todas partes.
-Sé, hijita, que vienes de la naturaleza épica, donde la tierra es grasa como aceitunas molidas y los hombres y las mujeres se ablandan como la pulpa, y sirven para poco. Andan exprimiendo frutos fáciles, viven en interminable complacencia. Sí que tienen muchas exhalaciones de vainilla y mar suntuoso. De allí les ha venido un vicio de palabras grandes que también es tuyo. La naturalidad, hija, nació en Castilla, es también un poco hijita mía, y se perdió en la tierra de América.
Mi compañera juega con una rama de espino; la despelleja y me mira a hurtadillas, por verme el enojo.
-Si, madre, blandos, muy cargados de apetito, y con el hablar pintado, y llenos de codicia, madre, peleándonos una tierra grande, como mil Castillas, donde no cabemos, aunque somos escasos como la hierba rala.
Pero, ¿no sería de ustedes el orgullo, madre española? ¿El orgullo es Escorial, que hizo gemir en vano veinte mil albañiles y carpinteros? Nos gusta ser grandes en las construcciones, y todo eso es crujido inútil de hueso de pobres y lenta rutina de hacienda.
Ella no me siente rencor, ella me oye la pesadumbre en las palabras que se me vencen.
-Yo vengo, madre, de otra tierra pequeña; donde fundaron con modestia, y las justicias son menudas y cotidianas; la cara de la vaquera suiza es dichosa, y la tierra no se deja descansar para que alimente en todas las estaciones.
-Fueron los tiempos, responde; las empresas y los hombres españoles eran anchos y majestuosos como las galeras. Les mandamos en los galeones el hombre de Castilla, el tipo, como quien manda aceros. Ahora hagan ustedes las otras cosas. Las manos de España eran para fundar en grande y cumplieron. Desmesuradas gentes: pero así es el espíritu, hija. Las manos de los que vinieron después, ¿no están para ordenar, ya sin revoltura de conquista, uno como trabajo teresiano, de partición blanca de pan y de igualdad?
Se ha ido la tarde; la meseta es un desamparo de niebla vagabunda.
La viejecita dice:
-Hija, te dejo; salgo a tu encuentro otro día, cuando dejes la Villa (Madrid). No quedes mucho allá, las capitales echan a perder a todos. Te llevaré conmigo por los pueblecitos. Si te place, hija, si es verdad que estás por las menudas gentes mías, que hacen el aceite y cortan las naranjas.
Y mi vieja de Avila se queda en el paisaje, erguida y sin dureza, jugando con su bastoncillo de espino. Volteo la cabeza y la veo, fundida como un pino empolvado con la niebla.
Sigo mirando tres horas por la ventanilla del tren y mis ojos, que vienen llenos de Mediterráneo, es decir de índigo y sol, rechazan mucho tiempo este paisaje, a trechos de ceniza, a trechos de cobre de yelmo viejo. Y es que Castilla no se conoce sino en extensión; como Kempis, deprime en mi versículo.
Comienzo a verla cuando salgo de Madrid hacia el Escorial. Castilla casi no es una tierra, es una norma: no se la olfatea como el platanar del trópico ni se la palpa con los ojos como a la pradera norteamericana: se la piensa; nacen conceptos de ella, en vez de olores; en lugar de la fertilidad del humus, los huesos de sus muertos hacen su fertilidad de fiebre. Recuerdo las palabras de un francés:
"Esa Castilla que yo he visto, pero que debe ser tremenda tierra, ha enloquecido de abstracciones a vuestro "Unamuno". Como antes al Greco, contesté; y está bien entre tantas mentes jugosas y abundantes, esa seca y febril de Salamanca.
Dejamos atrás la mancha verde de los parques, donde caza el Rey, y hacia el Escorial, la llanura se va desnudando: entran en el ojo las austeridades, hasta que la enorme fábrica aparece.
El Escorial debe al paisaje la mitad de su emoción; es solamente una estrofa de la meseta. Me acuerdo de un rojo escudo medieval de museo florentino. Tenía, al centro, hincada una gran espina de bronce, que lo hacía más desnudo y vigoroso. Así aparece, para marcar mejor la dureza de la llanura, el Escorial.
Me sorbió como una gota por sus gargantas heladas de corredores, dándome esa sensación con que he cruzado todas las fortalezas, la de llevar un manto de bronce sobre mis pobres hombros no domiciliados en la grandeza.
La Iglesia abruma con sus frescos ostentosos, cuya colocación se pelea con la enjutez insigne de la piedra; la sepultura de los reyes, en la entraña más fría del palacio, me dio el espanto de la corrupción en la sombra. Mi alivio fue entrar a los aposentos de Felipe, que son de una intimidad llena de pesadumbre. Toqué con emoción los sillones, suaves de muerte, la pequeña mesa en que se firmaban los destinos de la América; me llené de piedad delante del lecho. Ahí se deshizo de cáncer el hombre real, bajo su misma mirada, y se sintió la sumidura como de agua de cisterna, de su propia carne. Le dieron un nombre terrible, con la inexactitud que tiene el odio cuando define: el Demonio del Mediodía era un varón lento y lleno de paciencia; odiaba su lujuria y se hundía en el remordimiento; quemaba herejes, por libertar el alma del cerebro en que estaba hincado el error: de su lectura cotidiana, un mal genio apartó el cristianismo jovial de las parábolas, y el millón de horas sin alegría pudrió su sangre.
Me libro, al fin, de la mole de piedra. Salgo al jardín de arrayanes, que conocéis por un apunte de Azorín, que es fiel como un tacto. Mis compañeros caminan delante de mí, yo miro al paisaje de Castilla, que en la mañana sin luz, tiene el amoratado verde de la carne muerta que pintaba Mantegna.
Entonces veo venir, sin misterio de aparición, chocando el hábito duro contra los bojes recortados, una vieja monja que se pone a mi lado. Sigo caminando y ella va conmigo. Un poco gruesa, nada ascética, sonríe con risa de boca grande, de sanos dientes; la mejilla es llena y las facciones vigorosas.
-A ver si me dejas, me dice, que yo te haga ver la Castilla mía, para que la comprendas. Mira que es vino fuerte que necesita potencias firmes y que tú vienes de América y tus sentidos son gruesos para una tierra de aire sutil. Conozco a tus gentes y quedó sangre de los míos sembrada por el valle de Chile.
Me mira con sus ojos grandes, y la conozco por su naturalidad y por el tono con que escribía unas bravas cartas a Felipe II.
-Sois "la andariega", le digo; los españoles te llaman todavía "la fundadora" y los pedantes "la loca del amor a Cristo".
-Sí, dice, fundaba; levanté por aquí conventos, ya ni sé cuantos. Te puedo guiar sin ir preguntando, hasta la frontera del Portugal. Ahora hacen mapas para andariegos. Yo medí mi Castilla caminando; llevo el mapa vivo bajo mis pies, hija. No me cansé de fundar. Tú, mujer de Chile, sin fundar, te has cansado.
-Es cierto, madre.
- ¿Sabes por qué? Porque has querido fundar condescendiendo con los hombres, sujetando tu impulso, así se construye sin alegría y la obra, que sale muerta, ni la aprovecha ni Dios ni el Diablo. Yo, fundaba, hija, según el croquis divino que se me pintaba en el pecho. Y no buscaba gustar a nadie. No era para ésos mi fiesta y ¡qué habla de gustarles! ¡Te acuerdas que salí a los cuatro años, fugada con mi hermanito, en busca de herejes que nos descabezaran! Nos hicieron volver, y casi paró la hazaña en azotes; pero estaba la vida para el desquite. ¡Y en grande me desquité, tú lo sabes!
Hemos salido del Escorial; mis compañeros van en busca del buen yantar hacia un hotel. La viejecita camina, apegada a mí; entra en la fonda, se queda disimuladita en un rincón. La miro y le sonrío.
Salimos después de la buena sopa exhalante a mirar el Escorial, por todos sus costados en el paisaje.
- Madre, le digo: ¿No habrá un poco de vanidad en eso de fundar mucho?
-Si se funda menos, hija, el tiempo sopla con sus carrillos firmes y no deja nada. Los vanidosos esquivan los actos para librarse de mofas. Es ejercicio de humildad, construir y construir.
Mira: que yo levantaba aquí un convento, es decir, que ponía un montoncito de mujeres a trabajar. Pues, humildad para pedir la tierra y sacarles a los cristianos de mano apretada, las tablas, los ladrillos, las tejas. Venía el vivir debajo de aquel techo. Resultaba que yo sabía al principio poco de manejo de mujeres que es dura faena. Hija. Me fallaban las hermanas, que no estaban maduras para encierro con Dios. ¡Y tantas limitaciones más! Todo eso era sentirme necia a cada hora, y reírme de mí sonoramente y volver a empezar, diciendo, entre caída y caída, gracejos para echar atrás la pesadumbre.
El orgullo, ése es quien se queda con las manos blancas, y muy hermosas, sin obrar.
Ya es mediodía.
Mi viejecita camina y camina con el ruido de hojas de plátano de sus sandalias secas. Ahora Castilla es una desolladura de gredas rojas, la piel de un desollado inmenso, que a trechos sangra y a trechos tiene una sequedad que mis ojos no conocían. ¡Ay, la aridez de Castilla! ¡Parece que chupara la sangre del que pasa!
La fiebre del mediodía con marcha, me rinde, sin que afloje el paso de mi compañera. Pasa una tierra que es como los riñones secos de Job: pasan pinares escasos, pinares entecos, que el suelo, con esta terrible voluntad de desposeimiento, no quiere sustentar.
Me siento, invito a sentarse a mi aparición: el semblante de la vieja de Avila está rojo como un cántaro castellano.
-Tu tierra no tiene regazos, le digo; en la mía, la cordillera hace cobijaduras por todas partes.
-Sé, hijita, que vienes de la naturaleza épica, donde la tierra es grasa como aceitunas molidas y los hombres y las mujeres se ablandan como la pulpa, y sirven para poco. Andan exprimiendo frutos fáciles, viven en interminable complacencia. Sí que tienen muchas exhalaciones de vainilla y mar suntuoso. De allí les ha venido un vicio de palabras grandes que también es tuyo. La naturalidad, hija, nació en Castilla, es también un poco hijita mía, y se perdió en la tierra de América.
Mi compañera juega con una rama de espino; la despelleja y me mira a hurtadillas, por verme el enojo.
-Si, madre, blandos, muy cargados de apetito, y con el hablar pintado, y llenos de codicia, madre, peleándonos una tierra grande, como mil Castillas, donde no cabemos, aunque somos escasos como la hierba rala.
Pero, ¿no sería de ustedes el orgullo, madre española? ¿El orgullo es Escorial, que hizo gemir en vano veinte mil albañiles y carpinteros? Nos gusta ser grandes en las construcciones, y todo eso es crujido inútil de hueso de pobres y lenta rutina de hacienda.
Ella no me siente rencor, ella me oye la pesadumbre en las palabras que se me vencen.
-Yo vengo, madre, de otra tierra pequeña; donde fundaron con modestia, y las justicias son menudas y cotidianas; la cara de la vaquera suiza es dichosa, y la tierra no se deja descansar para que alimente en todas las estaciones.
-Fueron los tiempos, responde; las empresas y los hombres españoles eran anchos y majestuosos como las galeras. Les mandamos en los galeones el hombre de Castilla, el tipo, como quien manda aceros. Ahora hagan ustedes las otras cosas. Las manos de España eran para fundar en grande y cumplieron. Desmesuradas gentes: pero así es el espíritu, hija. Las manos de los que vinieron después, ¿no están para ordenar, ya sin revoltura de conquista, uno como trabajo teresiano, de partición blanca de pan y de igualdad?
Se ha ido la tarde; la meseta es un desamparo de niebla vagabunda.
La viejecita dice:
-Hija, te dejo; salgo a tu encuentro otro día, cuando dejes la Villa (Madrid). No quedes mucho allá, las capitales echan a perder a todos. Te llevaré conmigo por los pueblecitos. Si te place, hija, si es verdad que estás por las menudas gentes mías, que hacen el aceite y cortan las naranjas.
Y mi vieja de Avila se queda en el paisaje, erguida y sin dureza, jugando con su bastoncillo de espino. Volteo la cabeza y la veo, fundida como un pino empolvado con la niebla.
19 de julio de 1925
Yo estoy doce días en Madrid, en la Villa, como dice la Santa. Después salgo para Avila, siguiendo a mi Andariega, que allá nació aunque viviera en todas partes. Ya el invierno ha avanzado; de la sierra de Guadarrama, viene un viento como para cuajar cristales en mi propia garganta; en la niebla, que pone un miraje marino, la sierra sumergida parece un témpano de mi Magallanes lejano.
Entramos en Avila, blanca de escarcha que suena bajo mis pies con el ruido seco de las sandalias de ella... Pasa la Plaza de la Santa, miro una estatua suya, que no me dice nada, ni su arrobamiento ni sus fundaciones; pasan callejuelas pobres, cruzan vendedores y mujeres que yo saludo con una cándida simpatía queriendo saludar la carne suya.
Ya hemos recorrido Avila, y el tiempo despeja; ahora en el cielo azul la muralla se recorta límpida; salimos hacia el campo para gozarle el contorno crestado y enorme. Este era el paisaje de la Santa, esta desnudez de cuello de buitre, entraba por sus ojos grandes. La inmensidad del horizonte le daba elevación cotidiana.
La primavera sacará, pienso, para aliviarme alguna ternura de trigos, hacia aquellas lomas.
-Son tierras de labrantíos todas las que mira, me dicen; vuelva a ver en el verano la bondad dorada que disimula esta llanura de Avila, lo mismo que su Santa disimulaba con juegos y donaires su conciencia divina.
Busco la iglesia teresiana; me decepciona, por pequeña y confusa. No era así, recargado, el interior de su alma; estoy entre sus reliquias pero yo la siento más en una página de Las Moradas; me enternece solamente aquel cuadradito húmedo de su jardín donde ella con el hermano jugaban a hacer conventos.
Cuando salgo de Avila hacia Segovia, mi monja pobre sale a mi encuentro de nuevo, y seguimos el diálogo de la meseta.
- Madre, ¿y por qué sacudiste tus sandalias al salir de Avila una vez? Tuviste un segundo rencor, mi ofendida. Todavía discuten aquí los sacristanes de la Catedral, sobre si al morir dijiste que te dejaran el cuerpo en Alba de Tormes o en Avila. Solamente oyeron una A grande... No se conforman con aquel dedo de tu mano; te querían entera, exhalando tu olor de flores por encima de la muralla centauresca.
No me niega la sacudidura de las sandalias.
- Te hicieron vilezas, mi vieja Santa, continúo. ¿Dónde fue aquello de echarte de un convento, en tiempo de nieves? Tus confesores tardaron en creerte la maravilla interior; lo de tus cartas al Rey parecía política y soberbia, y las comunidades relajadas ortigaron tu vida de murmuraciones.
- ¡Ay, hija, y qué tonterías abultas! En la luz de Castilla, luz de espejo enjuto, cuesta creer eso de los arrobos, y es muy justo dudar, y hasta bueno. Era yo, es cierto, monja un poco dominante. Como quien trae, hija, encargos grandes que cumplir aquí abajo, y acicateando a las gentes para que los cumpla, se vuelve "Majadera del Señor". Cuando me echaron de un convento, hija, salí con irritación. Mas, lo miré desde lejos y no era mío, era de la loma y de la atmósfera. ¡Qué ganas tuyas, mujer de Chile, de hacer las cosas y quedar con ellas! Ni con las coyunturas de tus dedos vas a quedarte. Mira bien a mi Castilla, para que aprendas desposeimiento.
-Me viene la estrofa amada y entiendo:
"Ya toda me entregué y di
y de tal suerte he cambiado,
que mi Amado es para mí
y yo soy para mi amado".
-¿Y cómo te dio por eso de las rimas, a ti, mi monja administradora?
-También lo has leído: "Se me cayeron de entre los dedos, y no son muchas. Tú las haces, yo me las hallaba algunos días como frutas redondas en el regazo. Entonces las recogía para mis monjas, hija, para ellas".
- ¡Cuenta, cuenta!
-Que eso también viene del amor, y no del pensamiento con jadeo. Oye: en cuanto vuelves y revuelves, lo que vas a decir, se te pudre, como una fruta magullada; se te endurecen las palabras, hija, y es el que atajas a la Gracia, que iba caminando a tu encuentro. Para eso de los versos, te limpiarás de toda voluntad; el camino no es de empujar nosotros hacia Dios, sino que Dios empuja los conceptos hacia nosotros. Entonces ellos hacen sin las aristas de las cosas que aquí hacemos, con esa redondez de naranja valenciana. Y no olvidarse de que ello es un juego gracioso con el Espíritu, y nada de cosa para engreírse, ni que libera de hacer las otras, los trabajos duros. Como jugar con los niños (ya que no se tuvieron hijos), como entretenerse con el agua que corre así, nada más, es eso de la poesía.
Cruzamos un arroyo. Mi vieja lo saltó muy ágil y se puso a mirarlo del otro lado.
-Quisiste mucho el agua, madre; dejaste metáforas perfectas y alabanzas de ella.
-A los místicos pertenecen estos elementos: el agua, el fuego y el aire, dice. Tú tienes el fuego, pero no el agua: te quemas sin refrescarte en la alegría. ¡Cuidado, que del fuego con la tierra sale la yesca! El estar con Dios es meterse en el fuego; el bajar hacia el prójimo es descender al agua, para enternecerse.
Al mediodía, Castilla, sin viento, está como detenida en el tiempo; el pasaje entero es el éxtasis de la Santa. Entonces le digo sin mirarla.
-Cuéntame de tus arrobamientos, madre Teresa.
-No se te ocurra hija, va diciéndome, como a otros vanidosos de tu tiempo andar buscando arrobamientos.
-¿Sabes cómo es la gracia? Mira: se entra en el cielo como por sorpresa. Como cuando apoyados en una puerta, que no sabíamos que existiera, ella de pronto cede. Tenemos la cabeza inclinada en un trabajo, se borda una casulla o se poda un naranjo; de pronto el cielo se abre y se camina hacia las cosas secretas: pero la puerta se vuelve a cerrar y has de seguir podando...
Atravesamos un pueblecito callado, casi atónito en la llanura. La pobreza lo cubre como un musgo muerto; hasta mis pasos se hacen pesadumbre: sale de una ventana una cara seca y dura. El rostro voluntarioso se divorcia de la calle muerta.
-Madre: ¡qué pobres son tus pueblos de Castilla! La abulia ha hincado en tus gentes. ¿Por qué tú la dejaste, tú la de manos ardientes?
- Otros pobres distintos de los tuyos, hija. Yo conozco la cara de tus pobres, quebrada de humillación; tú también tienes su boca sin esperanza y su voz rota.
-Anda mirando, hija, el semblante de Castilla. No viste otro semejante en el mundo; todavía es pura voluntad en el labio enjuto y la voz que gobierna, aunque pasaron las ínsulas.
-¿Qué es eso de la abulia? Tu tiempo se ha envilecido tanto, que ahora, hija, confunde la voluntad con la codicia y llama abulia al no negociar, al no hacer viajes. Hija, la voluntad española guerreó y conquistó cuanto había que conquistar en la tierra, unos siglos, vuelta hacia afuera; ahora se ha internado y anda por el alma, tremenda como antes, anda en la pasión de amor y en el gobierno de sí mismo. La mística ¿no es una terrible voluntad de alcanzar a Dios? Y el amor español ¿no será la más roja de las voluntades que andan por el mundo sueltas como tigrecillos?
Asoma Segovia y mi monja grita:
- ¡Mira sobre esa loma el convento de Juan de la Cruz!
Yo veo debajo de una loma un monasterio que tiene a la entrada un temblor de cipreses obscuros. La loma es suave como una mejilla humana. En una arruga de la loma, hecha como voluntariamente dulce, se asienta el convento, donde el otro Seráfico ola a la noche en un silencio de calidades preciosas y trabajaba con ella como con una entraña de Dios. Abajo, el río que hería la noche con un pulso inaplacado. La loma daba a Juan el Asiático, en el brocado quemante de la tarde, la metáfora abrasada que él tuvo: a la media noche, sin color en los ojos y sin aromas del huerto conventual, él decía en su celda ceñida la canción de la Fuente secreta:
¡Qué bien sé yo la fuente que mana y corre
Aunque es de noche!
Aquella eterna fuente está escondida.
¡Qué bien sé yo do tiene su manida.
Aunque es de noche!
Su origen no lo sé, pues no lo tiene.
Mas sé que todo origen de ella viene
Aunque es de noche.
Sé que no puede haber cosa tan bella
Y que cielos y tierras beben en ella.
Aunque es de noche.
Entramos en el convento y las dos mujeres besamos, lado a lado, la sepultura de aquel que le dio a ella doctrina para la búsqueda de lo secreto. Y yo aprendo de nuevo que es de varón de donde la mujer tomará siempre carne de hijo o carne de Dios, porque sola, ella tantea en el mundo como en una caverna ciega."
Yo estoy doce días en Madrid, en la Villa, como dice la Santa. Después salgo para Avila, siguiendo a mi Andariega, que allá nació aunque viviera en todas partes. Ya el invierno ha avanzado; de la sierra de Guadarrama, viene un viento como para cuajar cristales en mi propia garganta; en la niebla, que pone un miraje marino, la sierra sumergida parece un témpano de mi Magallanes lejano.
Entramos en Avila, blanca de escarcha que suena bajo mis pies con el ruido seco de las sandalias de ella... Pasa la Plaza de la Santa, miro una estatua suya, que no me dice nada, ni su arrobamiento ni sus fundaciones; pasan callejuelas pobres, cruzan vendedores y mujeres que yo saludo con una cándida simpatía queriendo saludar la carne suya.
Ya hemos recorrido Avila, y el tiempo despeja; ahora en el cielo azul la muralla se recorta límpida; salimos hacia el campo para gozarle el contorno crestado y enorme. Este era el paisaje de la Santa, esta desnudez de cuello de buitre, entraba por sus ojos grandes. La inmensidad del horizonte le daba elevación cotidiana.
La primavera sacará, pienso, para aliviarme alguna ternura de trigos, hacia aquellas lomas.
-Son tierras de labrantíos todas las que mira, me dicen; vuelva a ver en el verano la bondad dorada que disimula esta llanura de Avila, lo mismo que su Santa disimulaba con juegos y donaires su conciencia divina.
Busco la iglesia teresiana; me decepciona, por pequeña y confusa. No era así, recargado, el interior de su alma; estoy entre sus reliquias pero yo la siento más en una página de Las Moradas; me enternece solamente aquel cuadradito húmedo de su jardín donde ella con el hermano jugaban a hacer conventos.
Cuando salgo de Avila hacia Segovia, mi monja pobre sale a mi encuentro de nuevo, y seguimos el diálogo de la meseta.
- Madre, ¿y por qué sacudiste tus sandalias al salir de Avila una vez? Tuviste un segundo rencor, mi ofendida. Todavía discuten aquí los sacristanes de la Catedral, sobre si al morir dijiste que te dejaran el cuerpo en Alba de Tormes o en Avila. Solamente oyeron una A grande... No se conforman con aquel dedo de tu mano; te querían entera, exhalando tu olor de flores por encima de la muralla centauresca.
No me niega la sacudidura de las sandalias.
- Te hicieron vilezas, mi vieja Santa, continúo. ¿Dónde fue aquello de echarte de un convento, en tiempo de nieves? Tus confesores tardaron en creerte la maravilla interior; lo de tus cartas al Rey parecía política y soberbia, y las comunidades relajadas ortigaron tu vida de murmuraciones.
- ¡Ay, hija, y qué tonterías abultas! En la luz de Castilla, luz de espejo enjuto, cuesta creer eso de los arrobos, y es muy justo dudar, y hasta bueno. Era yo, es cierto, monja un poco dominante. Como quien trae, hija, encargos grandes que cumplir aquí abajo, y acicateando a las gentes para que los cumpla, se vuelve "Majadera del Señor". Cuando me echaron de un convento, hija, salí con irritación. Mas, lo miré desde lejos y no era mío, era de la loma y de la atmósfera. ¡Qué ganas tuyas, mujer de Chile, de hacer las cosas y quedar con ellas! Ni con las coyunturas de tus dedos vas a quedarte. Mira bien a mi Castilla, para que aprendas desposeimiento.
-Me viene la estrofa amada y entiendo:
"Ya toda me entregué y di
y de tal suerte he cambiado,
que mi Amado es para mí
y yo soy para mi amado".
-¿Y cómo te dio por eso de las rimas, a ti, mi monja administradora?
-También lo has leído: "Se me cayeron de entre los dedos, y no son muchas. Tú las haces, yo me las hallaba algunos días como frutas redondas en el regazo. Entonces las recogía para mis monjas, hija, para ellas".
- ¡Cuenta, cuenta!
-Que eso también viene del amor, y no del pensamiento con jadeo. Oye: en cuanto vuelves y revuelves, lo que vas a decir, se te pudre, como una fruta magullada; se te endurecen las palabras, hija, y es el que atajas a la Gracia, que iba caminando a tu encuentro. Para eso de los versos, te limpiarás de toda voluntad; el camino no es de empujar nosotros hacia Dios, sino que Dios empuja los conceptos hacia nosotros. Entonces ellos hacen sin las aristas de las cosas que aquí hacemos, con esa redondez de naranja valenciana. Y no olvidarse de que ello es un juego gracioso con el Espíritu, y nada de cosa para engreírse, ni que libera de hacer las otras, los trabajos duros. Como jugar con los niños (ya que no se tuvieron hijos), como entretenerse con el agua que corre así, nada más, es eso de la poesía.
Cruzamos un arroyo. Mi vieja lo saltó muy ágil y se puso a mirarlo del otro lado.
-Quisiste mucho el agua, madre; dejaste metáforas perfectas y alabanzas de ella.
-A los místicos pertenecen estos elementos: el agua, el fuego y el aire, dice. Tú tienes el fuego, pero no el agua: te quemas sin refrescarte en la alegría. ¡Cuidado, que del fuego con la tierra sale la yesca! El estar con Dios es meterse en el fuego; el bajar hacia el prójimo es descender al agua, para enternecerse.
Al mediodía, Castilla, sin viento, está como detenida en el tiempo; el pasaje entero es el éxtasis de la Santa. Entonces le digo sin mirarla.
-Cuéntame de tus arrobamientos, madre Teresa.
-No se te ocurra hija, va diciéndome, como a otros vanidosos de tu tiempo andar buscando arrobamientos.
-¿Sabes cómo es la gracia? Mira: se entra en el cielo como por sorpresa. Como cuando apoyados en una puerta, que no sabíamos que existiera, ella de pronto cede. Tenemos la cabeza inclinada en un trabajo, se borda una casulla o se poda un naranjo; de pronto el cielo se abre y se camina hacia las cosas secretas: pero la puerta se vuelve a cerrar y has de seguir podando...
Atravesamos un pueblecito callado, casi atónito en la llanura. La pobreza lo cubre como un musgo muerto; hasta mis pasos se hacen pesadumbre: sale de una ventana una cara seca y dura. El rostro voluntarioso se divorcia de la calle muerta.
-Madre: ¡qué pobres son tus pueblos de Castilla! La abulia ha hincado en tus gentes. ¿Por qué tú la dejaste, tú la de manos ardientes?
- Otros pobres distintos de los tuyos, hija. Yo conozco la cara de tus pobres, quebrada de humillación; tú también tienes su boca sin esperanza y su voz rota.
-Anda mirando, hija, el semblante de Castilla. No viste otro semejante en el mundo; todavía es pura voluntad en el labio enjuto y la voz que gobierna, aunque pasaron las ínsulas.
-¿Qué es eso de la abulia? Tu tiempo se ha envilecido tanto, que ahora, hija, confunde la voluntad con la codicia y llama abulia al no negociar, al no hacer viajes. Hija, la voluntad española guerreó y conquistó cuanto había que conquistar en la tierra, unos siglos, vuelta hacia afuera; ahora se ha internado y anda por el alma, tremenda como antes, anda en la pasión de amor y en el gobierno de sí mismo. La mística ¿no es una terrible voluntad de alcanzar a Dios? Y el amor español ¿no será la más roja de las voluntades que andan por el mundo sueltas como tigrecillos?
Asoma Segovia y mi monja grita:
- ¡Mira sobre esa loma el convento de Juan de la Cruz!
Yo veo debajo de una loma un monasterio que tiene a la entrada un temblor de cipreses obscuros. La loma es suave como una mejilla humana. En una arruga de la loma, hecha como voluntariamente dulce, se asienta el convento, donde el otro Seráfico ola a la noche en un silencio de calidades preciosas y trabajaba con ella como con una entraña de Dios. Abajo, el río que hería la noche con un pulso inaplacado. La loma daba a Juan el Asiático, en el brocado quemante de la tarde, la metáfora abrasada que él tuvo: a la media noche, sin color en los ojos y sin aromas del huerto conventual, él decía en su celda ceñida la canción de la Fuente secreta:
¡Qué bien sé yo la fuente que mana y corre
Aunque es de noche!
Aquella eterna fuente está escondida.
¡Qué bien sé yo do tiene su manida.
Aunque es de noche!
Su origen no lo sé, pues no lo tiene.
Mas sé que todo origen de ella viene
Aunque es de noche.
Sé que no puede haber cosa tan bella
Y que cielos y tierras beben en ella.
Aunque es de noche.
Entramos en el convento y las dos mujeres besamos, lado a lado, la sepultura de aquel que le dio a ella doctrina para la búsqueda de lo secreto. Y yo aprendo de nuevo que es de varón de donde la mujer tomará siempre carne de hijo o carne de Dios, porque sola, ella tantea en el mundo como en una caverna ciega."
En: Prosa de Gabriela Mistral. Alfonso Calderón, comp. Santiago: Editorial Universitaria, 1989.
16.10.05
Cartas ChilenasV
Santiago do Chile, 16 de outubro de 2005
Querida mamãe,
Você se lembra de que uma vez me disse que ficava preocupada quando lia algum texto meu que resvalasse, mesmo de leve, a tristeza? Lembra-se do que te respondi? Não sei bem se as apalvras eram era, mas fiz o paralelo com o café, que gosto de beber forte e amargo, pois de leve e doce já basta a vida. Pois bem, a vida tem estado tão leve e doce quanto posso suportar sem culpa, e isso talvez me leve a escrever alguns textos tristes, apenas para equilibrar. Mas o café... Bem, agora já está tudo certo, mas, nos primeiros dias me virei com um prosaico coador de pano. Não há filtros de papel nos supermercados, porque por aqui as pessoas estão acostumadas ao chá, ou té. Encontrei um pacotinho de Pilão em uma loja de importados, junto com cafés de marcas de conhecemos por aí. E, para variar, tenho tomado muito café, talvez para cortar a suave languidez causada pelo vinho. Quando a gente se deixa levar por ela, o tempo passa mais rápido, e eu quero que apenas escoe, de leve, para que eu contemple mais. Aliás, sabia que a contemplação é uma das mães do café? A outra é a oração, pois dizem que a bebida foi “inventada” por religiosos quando perceberam que, daquela plantinha, poderiam extrair um antídoto contra os desígnios de Hipnos: o sono; assim teriam mais tempo para as obrigações. Dizem que o nome vem do topônimo africano Kaffa (abissínia), de onde é nativo. Mas olha também que interessante, pois também dão sua origem ao árabe qahwa, nome que é aplicado ao café mas que também quer dizer “vinho”. E eu que ia escrever apenas uma notinha sobre filtros de café de papel, já não resisto à tentação de falar sobre o vinho.
A vinificação é uma alquimia que permite transfigurar a vida, ir até a essência dela e encontrar a forma pura, etérea que, segundo Platão, é “extraída dos limbos e do coração da matéria em que dorme”. E dormiria para sempre se, através de processos de decomposição, fermentação e apodrecimento, a morte não fosse transmudada em vida, em suspiro dionisíaco com o qual os homens seduzem os deuses: o espírito do vinho, volátil como o aroma. Que também poderíamos chamar de “a parte dos anjos”, que é aquela que se evapora ainda nas adegas ou que fica aprisionada como um gênio, dentro da garrafa. Nesse último caso, apenas como concessão dos deuses e anjos, pois há muito se perdem vendidos por aromas, oferecidos em sacrifício ou adoração. Veja o caso dos incensos, da mirra levada à manjedoura. Rilke disse que a parte dos anjos alimenta os “pássaros da alma”, seres esvoaçantes de plumas e penas arrepiadas que se instalam dentro de nós e nos leva à prática feliz da leve ebriedade, dando-se em nós, por procuração, à prática do hedonismo.
Estar possuído por um anjo destes é aproximar-se da quinta-essência da mônada, que nos permite roçar universos ao mesmo tempo catárticos e simples. Foi perto do Monte Loubar (é assim que se escreve?) que Noé, para celebrar o encontro de terra firme, plantou videiras e delimitou a passagem do que antes havia sido desígnio de Deus – a água – e a dádiva humana: o vinho. Talvez tenha sido isso que o poeta Manoel de Barros quis dizer com “fazer o verbo delirar”. Pois no princípio, era apenas o Verbo, e veio o homem para colorir suas vogais, odorizar consoantes, tatear as metáforas, fazer vibrar as sintaxes, encher os sentidos de mel. A prática da enologia é barroco puro, é silêncio e ruído, é cheia e é vazia, é clara e é escura, é dissimulada, é vida e morte, é oblíqua, é cheia de volutas e volúpias, das mesmas que cobrem de riquezas memoráveis essas nossas catedrais. Nota que falo da suave embriaguez, certo? Daquela quase sacra, daquela de padre durante a missa, daquela de criança diante de presente. Da embriaguez que me permite ser sóbria o suficiente para não ousar traduzir pequenos trechos de um livro com os quais me despeço, pedindo a sua benção.
Beijos,
Ana
P.S. - não traduzo também para homenagear os chilenos e seus vinhos cheios de embriaguez. E não coloquei Neruda nem Mistral porque falarei deles em outras cartas.
******
Em El vino y las letras – La una pródiga, de María Luisa Tavernier, Editora Diana
Embriagaos
“Hay que estar siempre ebrio. Todo está allí: es la única cuestión para no sentir el horrible fardo del tiempo, que rompe vuestros hombros y os inclina hacia la tierra, hay que embriagarse sin cesar.
Pero de qué? De vino, de poesía o virtud, a vuestra guisa.”
(...)
Baudelaire
***
“Como economiza el vino. Apenas brilha el retoño;
Sólo en aroma futuro se libera suave.
Es como si la tierra se esforzara
supersticiosa en prometer. (...)”
Rilke
***
“Quien no ama el vino, las mujeres y el canto será un imbécil para toda la vida.”
Mantín Lutero
***
“! Oh felices conventos acunados por sus viñas,
donde los monjes púrpuras, com sus vinos,
descabezan un sueño!”
Alexander Pope
***
“Lo vino sabe dulce sólo a los felices.”
Jhon Keats
***
“(...) El vino se embriagó con nosostros, no nosostros con él; el cuerpo llegó a se por nosostros, no nosostros por él. Nosostros somos como abejas y los cuerpos son como el panal: nosostros hicimos al cuerpo, célula por célula, como cera.”
Rumi
Santiago do Chile, 16 de outubro de 2005
Querida mamãe,
Você se lembra de que uma vez me disse que ficava preocupada quando lia algum texto meu que resvalasse, mesmo de leve, a tristeza? Lembra-se do que te respondi? Não sei bem se as apalvras eram era, mas fiz o paralelo com o café, que gosto de beber forte e amargo, pois de leve e doce já basta a vida. Pois bem, a vida tem estado tão leve e doce quanto posso suportar sem culpa, e isso talvez me leve a escrever alguns textos tristes, apenas para equilibrar. Mas o café... Bem, agora já está tudo certo, mas, nos primeiros dias me virei com um prosaico coador de pano. Não há filtros de papel nos supermercados, porque por aqui as pessoas estão acostumadas ao chá, ou té. Encontrei um pacotinho de Pilão em uma loja de importados, junto com cafés de marcas de conhecemos por aí. E, para variar, tenho tomado muito café, talvez para cortar a suave languidez causada pelo vinho. Quando a gente se deixa levar por ela, o tempo passa mais rápido, e eu quero que apenas escoe, de leve, para que eu contemple mais. Aliás, sabia que a contemplação é uma das mães do café? A outra é a oração, pois dizem que a bebida foi “inventada” por religiosos quando perceberam que, daquela plantinha, poderiam extrair um antídoto contra os desígnios de Hipnos: o sono; assim teriam mais tempo para as obrigações. Dizem que o nome vem do topônimo africano Kaffa (abissínia), de onde é nativo. Mas olha também que interessante, pois também dão sua origem ao árabe qahwa, nome que é aplicado ao café mas que também quer dizer “vinho”. E eu que ia escrever apenas uma notinha sobre filtros de café de papel, já não resisto à tentação de falar sobre o vinho.
A vinificação é uma alquimia que permite transfigurar a vida, ir até a essência dela e encontrar a forma pura, etérea que, segundo Platão, é “extraída dos limbos e do coração da matéria em que dorme”. E dormiria para sempre se, através de processos de decomposição, fermentação e apodrecimento, a morte não fosse transmudada em vida, em suspiro dionisíaco com o qual os homens seduzem os deuses: o espírito do vinho, volátil como o aroma. Que também poderíamos chamar de “a parte dos anjos”, que é aquela que se evapora ainda nas adegas ou que fica aprisionada como um gênio, dentro da garrafa. Nesse último caso, apenas como concessão dos deuses e anjos, pois há muito se perdem vendidos por aromas, oferecidos em sacrifício ou adoração. Veja o caso dos incensos, da mirra levada à manjedoura. Rilke disse que a parte dos anjos alimenta os “pássaros da alma”, seres esvoaçantes de plumas e penas arrepiadas que se instalam dentro de nós e nos leva à prática feliz da leve ebriedade, dando-se em nós, por procuração, à prática do hedonismo.
Estar possuído por um anjo destes é aproximar-se da quinta-essência da mônada, que nos permite roçar universos ao mesmo tempo catárticos e simples. Foi perto do Monte Loubar (é assim que se escreve?) que Noé, para celebrar o encontro de terra firme, plantou videiras e delimitou a passagem do que antes havia sido desígnio de Deus – a água – e a dádiva humana: o vinho. Talvez tenha sido isso que o poeta Manoel de Barros quis dizer com “fazer o verbo delirar”. Pois no princípio, era apenas o Verbo, e veio o homem para colorir suas vogais, odorizar consoantes, tatear as metáforas, fazer vibrar as sintaxes, encher os sentidos de mel. A prática da enologia é barroco puro, é silêncio e ruído, é cheia e é vazia, é clara e é escura, é dissimulada, é vida e morte, é oblíqua, é cheia de volutas e volúpias, das mesmas que cobrem de riquezas memoráveis essas nossas catedrais. Nota que falo da suave embriaguez, certo? Daquela quase sacra, daquela de padre durante a missa, daquela de criança diante de presente. Da embriaguez que me permite ser sóbria o suficiente para não ousar traduzir pequenos trechos de um livro com os quais me despeço, pedindo a sua benção.Beijos,
Ana
P.S. - não traduzo também para homenagear os chilenos e seus vinhos cheios de embriaguez. E não coloquei Neruda nem Mistral porque falarei deles em outras cartas.
******
Em El vino y las letras – La una pródiga, de María Luisa Tavernier, Editora Diana
Embriagaos
“Hay que estar siempre ebrio. Todo está allí: es la única cuestión para no sentir el horrible fardo del tiempo, que rompe vuestros hombros y os inclina hacia la tierra, hay que embriagarse sin cesar.
Pero de qué? De vino, de poesía o virtud, a vuestra guisa.”
(...)
Baudelaire
***
“Como economiza el vino. Apenas brilha el retoño;
Sólo en aroma futuro se libera suave.
Es como si la tierra se esforzara
supersticiosa en prometer. (...)”
Rilke
***
“Quien no ama el vino, las mujeres y el canto será un imbécil para toda la vida.”
Mantín Lutero
***
“! Oh felices conventos acunados por sus viñas,
donde los monjes púrpuras, com sus vinos,
descabezan un sueño!”
Alexander Pope
***
“Lo vino sabe dulce sólo a los felices.”
Jhon Keats
***
“(...) El vino se embriagó con nosostros, no nosostros con él; el cuerpo llegó a se por nosostros, no nosostros por él. Nosostros somos como abejas y los cuerpos son como el panal: nosostros hicimos al cuerpo, célula por célula, como cera.”
Rumi
14.10.05
Cartas Chilenas V
Santiago do Chile, 14 de outubro de 2005
Carta para mim mesma
Preciso começar a anotar meus sonhos antes que eles se acostumem a apenas roçar a consciência e irem embora. Assim, apenas sonhados, eles se desmancham antes que a realidade tenha tempo de se instalar, confundindo-se com ela. Palavras que atingiram apenas metade do caminho em direção ao significado, esmigalhando as letras entre as unhas do polegar e do indicador. Sonhar é como morrer e ressuscitar várias vezes, como acontece com o pão e o vinho durante as missas, no milagre da transfiguração em corpo e sangue. Quando acordo, quero puxar pelas vidas que gastei durante o sono, mas estão presas a âncoras, arrastando-se pesado demais e pedindo para serem deixadas pelo meio do caminho. A que tenta se lembrar do sonho é diferente daquela que, em mim, sonhou, e minhas palavras parecem não significar nada. Mas preciso dar um jeito de pelo menos tentar escrevê-las, decifrar o indecifrável: o inconsciente. É quase como quando escrevo e a escrita se utiliza do meu corpo como se fosse eu. Ou uma personagem, da qual basta pronunciar o seu nome para que ela se crave no vazio como se fosse um punhal. Ou uma coroa de espinhos que se confunde com o incômodo que me causa, a ponto de eu não saber qual dos dois é o mais desejável.
No entanto, há alguns sonhos que não se deixam esquecer e ficam tic-taqueando a superfície da memória. Lembro-me de um em que andava por lugares desconhecidos, vestindo uma identidade também desconhecida. Como tenho tentado andar por estas ruas de Santiago. Há algo que os psis chamam de Fuga Dissociativa e acredito que podia ser isso, talvez influenciada pela enorme curiosidade que tenho em relação a esses andarilhos de estrada para quem invariavelmente construo um passado e um motivo que peno menos lhes dobre as asas da loucura. Mas também posso ter sido influenciada por uma história ouvida de um amigo. Ele e a família tinham acabado de se mudar de país e, ao tomarem posse da nova casa, perceberam que coabitavam com um casal de lagartos. Figuras enormes e que pareciam estar na casa desde tempos pré-históricos, arrastando suas cores e formas pela casa com a lassidão causada pela existência alheia ao contar do tempo. Meu amigo se acostumou, por exemplo, a sair de manhã deixando-os como dois Titãs engalfinhados, um a morder a nuca do outro, como uma ouroboros xifópaga, e os encontrava à noite, na mesma posição. Certo dia deu falta de um dos lagartos e procurou-o em vão. Alguns dias depois, quando já tinha se conformado com a fuga do lagarto, encontrou-o a um canto da casa, desbotado, cinzento, amortalhado. Colocou-o para fora e tentou esquecer o assunto, e pensou estar sendo influenciado pelo luto quando, sentado à mesa do jantar, viu entrar um lagarto colorido arrastando a morte nas costas. Ou a ressurreição, como soube depois, pois o lagarto tinha apenas se recolhido para mudar de couraça. Para viver em paz o seu tempo de muda. O encontro com o Outro.
Tenho pensado, serenamente feliz, em quantas couraças já abandonei por aí, e traço um paralelo disso com a escrita e com o mito de Sísifo: para um ser humano que sente alegria em viver nunca haverá o descanso, o regojizo, a complacência: as etapas da vida e os livros escritos são apenas uma casca, mais fina ou mais grossa a depender do tempo necessário para que outra se forme por baixo dela. A disponibilidade para o Outro.
“Assombro, estupefação, alegria, a gama de sensações diante do Outro é muito rica. Mas todas elas têm isso em comum: o primeiro movimento é de recuo. O Outro nos repele: abismo, serpente, delícia, monstro belo e atroz. E a essa repulsa sucede o movimento contrário: não podemos tirar os olhos da presença, inclinamo-nos em direção ao fundo de precipício. Repulsa é fascínio. E depois, a vertigem: cair, perder-se, ser um com o Outro. Esvaziar-se. Ser nada: ser tudo: ser. Força de gravidade da morte, esquecimento de si, abdicação e, simultaneamente, dar-se conta instantaneamente de que essa presença estranha é também nós. Isso que me repele, me atrai. Esse Outro é também eu. O fascinío seria inexplicável se o horror diante da “alteridade” não estivesse, desde a sua raiz, sustentado pela suspeita de nossa identidade com aquilo que de tal maneira nos parece estranho e distante... A experiência do Outro culmina na experiência da Unidade... O precipitar-se no Outro se apresenta como um regresso a algo de que fomos arrancados. Cessa a dualidade, estamos na outra margem. Demos o salto mortal. Reconciliamo-nos com nós mesmos.” - Otávio Paz
É isso. Acho que essa carta era para ser escrita para ela, mas, como ainda não tenho certeza absoluta a quem endereçar, escrevo para mim mesma. Ou talvez, sem querer, esteja acertando o remetente, pois estes pensamentos surgiram enquanto ela está aqui ao meu lado, como se fossem uma conversa da qual apenas tomo nota. E tomo também uma decisão: se, em dois dias ela não falar comigo, eu mesma puxo conversa.
********
P.S. - contar para a mamãe o quanto procurei filtro de papel para o meu café, e tive que comprar um prosaico coador de pano. Há poucos dias achei o filtro brasileiro “Pilão” em uma loja de produtos importados.
Santiago do Chile, 14 de outubro de 2005
Carta para mim mesma
Preciso começar a anotar meus sonhos antes que eles se acostumem a apenas roçar a consciência e irem embora. Assim, apenas sonhados, eles se desmancham antes que a realidade tenha tempo de se instalar, confundindo-se com ela. Palavras que atingiram apenas metade do caminho em direção ao significado, esmigalhando as letras entre as unhas do polegar e do indicador. Sonhar é como morrer e ressuscitar várias vezes, como acontece com o pão e o vinho durante as missas, no milagre da transfiguração em corpo e sangue. Quando acordo, quero puxar pelas vidas que gastei durante o sono, mas estão presas a âncoras, arrastando-se pesado demais e pedindo para serem deixadas pelo meio do caminho. A que tenta se lembrar do sonho é diferente daquela que, em mim, sonhou, e minhas palavras parecem não significar nada. Mas preciso dar um jeito de pelo menos tentar escrevê-las, decifrar o indecifrável: o inconsciente. É quase como quando escrevo e a escrita se utiliza do meu corpo como se fosse eu. Ou uma personagem, da qual basta pronunciar o seu nome para que ela se crave no vazio como se fosse um punhal. Ou uma coroa de espinhos que se confunde com o incômodo que me causa, a ponto de eu não saber qual dos dois é o mais desejável.
No entanto, há alguns sonhos que não se deixam esquecer e ficam tic-taqueando a superfície da memória. Lembro-me de um em que andava por lugares desconhecidos, vestindo uma identidade também desconhecida. Como tenho tentado andar por estas ruas de Santiago. Há algo que os psis chamam de Fuga Dissociativa e acredito que podia ser isso, talvez influenciada pela enorme curiosidade que tenho em relação a esses andarilhos de estrada para quem invariavelmente construo um passado e um motivo que peno menos lhes dobre as asas da loucura. Mas também posso ter sido influenciada por uma história ouvida de um amigo. Ele e a família tinham acabado de se mudar de país e, ao tomarem posse da nova casa, perceberam que coabitavam com um casal de lagartos. Figuras enormes e que pareciam estar na casa desde tempos pré-históricos, arrastando suas cores e formas pela casa com a lassidão causada pela existência alheia ao contar do tempo. Meu amigo se acostumou, por exemplo, a sair de manhã deixando-os como dois Titãs engalfinhados, um a morder a nuca do outro, como uma ouroboros xifópaga, e os encontrava à noite, na mesma posição. Certo dia deu falta de um dos lagartos e procurou-o em vão. Alguns dias depois, quando já tinha se conformado com a fuga do lagarto, encontrou-o a um canto da casa, desbotado, cinzento, amortalhado. Colocou-o para fora e tentou esquecer o assunto, e pensou estar sendo influenciado pelo luto quando, sentado à mesa do jantar, viu entrar um lagarto colorido arrastando a morte nas costas. Ou a ressurreição, como soube depois, pois o lagarto tinha apenas se recolhido para mudar de couraça. Para viver em paz o seu tempo de muda. O encontro com o Outro.
Tenho pensado, serenamente feliz, em quantas couraças já abandonei por aí, e traço um paralelo disso com a escrita e com o mito de Sísifo: para um ser humano que sente alegria em viver nunca haverá o descanso, o regojizo, a complacência: as etapas da vida e os livros escritos são apenas uma casca, mais fina ou mais grossa a depender do tempo necessário para que outra se forme por baixo dela. A disponibilidade para o Outro.
“Assombro, estupefação, alegria, a gama de sensações diante do Outro é muito rica. Mas todas elas têm isso em comum: o primeiro movimento é de recuo. O Outro nos repele: abismo, serpente, delícia, monstro belo e atroz. E a essa repulsa sucede o movimento contrário: não podemos tirar os olhos da presença, inclinamo-nos em direção ao fundo de precipício. Repulsa é fascínio. E depois, a vertigem: cair, perder-se, ser um com o Outro. Esvaziar-se. Ser nada: ser tudo: ser. Força de gravidade da morte, esquecimento de si, abdicação e, simultaneamente, dar-se conta instantaneamente de que essa presença estranha é também nós. Isso que me repele, me atrai. Esse Outro é também eu. O fascinío seria inexplicável se o horror diante da “alteridade” não estivesse, desde a sua raiz, sustentado pela suspeita de nossa identidade com aquilo que de tal maneira nos parece estranho e distante... A experiência do Outro culmina na experiência da Unidade... O precipitar-se no Outro se apresenta como um regresso a algo de que fomos arrancados. Cessa a dualidade, estamos na outra margem. Demos o salto mortal. Reconciliamo-nos com nós mesmos.” - Otávio Paz
É isso. Acho que essa carta era para ser escrita para ela, mas, como ainda não tenho certeza absoluta a quem endereçar, escrevo para mim mesma. Ou talvez, sem querer, esteja acertando o remetente, pois estes pensamentos surgiram enquanto ela está aqui ao meu lado, como se fossem uma conversa da qual apenas tomo nota. E tomo também uma decisão: se, em dois dias ela não falar comigo, eu mesma puxo conversa.********
P.S. - contar para a mamãe o quanto procurei filtro de papel para o meu café, e tive que comprar um prosaico coador de pano. Há poucos dias achei o filtro brasileiro “Pilão” em uma loja de produtos importados.
12.10.05
Cartas Chilenas IV
Santiago do Chile, 12 de outubro de 2005
Queridos A. e L.,
Hoje é dia das crianças aí no Brasil, e seu pai falou muito em vocês. Ele fala todos os dias, várias vezes ao dia, e tenho a certeza de que isso não significa nem uma mínima parte da quantidade de pensamentos nos quais vocês reinam absolutos. Será que vocês conseguem sentir isso? Acredito que sim, pois, ao contarem para ele como foi o dia de vocês, comentam apenas aquelas coisas das quais ele não participaria mesmo estando presente, como o dia na escola, os passeios com a mãe e os primos, os pensamentos mais secretos. Em tudo o mais, como quando vão dormir, comer, conversar, não comentam, pois estiveram juntos. Ou comentam apenas com aquele tom de observação de quem quer dividir o mesmo pensamento.
Queria contar para vocês das frutas chilenas, talvez por achar que algumas frutas são assim como as crianças. Principalmente as verdes, mas apenas as que são doces desde o início. Mas antes, queria que lessem um trechinho de um livro que compramos ontem, El viejo e el niño, de Efraim Barquero:
“Los dos se detienem casi al mismo tiempo, al descubrir la fruta em los árboles, uno con la dulzura de la edad y el outro con la premura de los años.
Y las frutas maduran.
El viejo toma una, la huele largamente y se la da l niño, quien se la come con gusto y se mira las manos que huelen a fruta acabada.
Hay que verlos en esta ocupación de recolectores.
- Están buenas como em otros años, dice el anciano, poniendo-se algo triste, del color de las frutas recordadas.
El chico mira y no sabe qué decir, porque sus ojos y su boca tienem siempre la edad de todas las frutas.
El anciano le indica que ésta es más dulce, que ésta tiene más sol y ésa otra más luna, pero non las prueba.
Las muestra solamente com el dedo como si tuvieram nombres de personas desconocidas para su pequeno amigo.”
Pronto, é isso. Já pensaram se, como diz o velho, as frutas tivessem mesmo nome de pessoas? Pois, em línguas que não conhecemos, podemos até mesmo brincar disso. Há pessoas que se parecem com frutas, já perceberam? Algumas são doces, outras são azedas; outras já são bonitas desde a casca, outras apenas quando vemos o interior; algumas são mais comuns, mais extrovertidas, outras se escondem para aparecerem apenas em determinadas épocas do ano. Algumas são raras, outras iguais a todo mundo. E por aí vai, crianças, pois tudo na vida é dado a comparações. Há muitas frutas diferentes no Chile, e estou mandando fotos de algumas. Bem, esta foto aí acima é de um limão, quase igual a que temos por aí, mas apenas para mostrar como são mais compridos e bicudos.
Esta outra foto é de mexerica, ou tangerina, como quiserem chamá-la. Está cortada feito uma laranja por que achei que combinava cortá-la como uma laranja, por causa desta casca que tem uma cor laranja magnífica. Está bem, confesso que também fiz isso porque não gosto muito de descascar com as mãos, fica aquele cheiro de sumo que mesmo depois de muitas horas todo mundo sabe que você chupou mexerica.
E já que estamos falando de frutas conhecidas, eis aqui o papaia chileno. Aquele mamão que aí conhecemos apenas como papaia, aqui ganhou um sobrenome e se chama papaia tropical. Apenas papaia é um pequenino, que fiz questão de fotografar junto com a minha mão para que vocês tenham idéia do tamanho. Tudo nele é diferente, a começar pela casca, muito mais fina, mas é muito mais diferente no gosto, é azedinho. A textura do miolo é de uma goiaba bem madura, mas o gosto de aproxima de uma maracujá, ou de um cajá, não sei bem. Vocês conhecem cajá? Também não sei como se comem aqui, mas eu como de colherinha, e aos montes, pois adoro fruta um pouco azeda. Então, misturando os nomes com os gostos, será que poderíamos chamar essa fruta de paracajá? Ou será que vocês têm nome melhor? Vão pensando aí porque depois vou querer saber.
Esta outra foto é de um fruta da qual não me lembro o nome. Por fora lembra um pequeno abacate, que aqui se chama palta e é usado em todos os sanduíches (seu pai não gosta, e sempre pede os sanduíches sem palta). Aliás, sabiam que aqui o abacate não é considerado fruta? Mas voltando às nossa fruta-da-qual-esqueci-o-nome, ela tem uma cor bonita, mas o gosto é um pouco estranho. É uma fruta pesada, não tem jeito de fruta, tem muita “massa” (nada a ver com macarrão, certo?). Até voltarmos, vou tentar descobrir o nome dela para contar para vocês.
Essa aí da foto é minha fruta preferida, por enquanto, pois tenho experimentado todas que vejo pela frente. O nome dela é “tuna”, bem estranho para algo que vive fora d'água, mas gostosa demais! Tem a aparência de um kiwi, mas a casca é fina e lisinha, e a textura novamente se assemelha a uma goiaba, não muito madura, talvez por causa das sementes. O gosto também não sei explicar muito bem, mas é docinho, e me lembra fruta fresca, como a melancia ou novamente aquelas frutas típicas do nordeste, das suculentas.
Por fim, a fruta preferida do seu pai, a chirimoya. Acho que é a versão chilena da nossa “fruta-do-conde”, um pouco mais durinha e um pouco menos doce. E é com ela que me despeço, com o seu pai aqui ao lado mandando um grande beijo que vai se juntar ao meu.
Com muito carinho, da amiga,
Ana
Santiago do Chile, 12 de outubro de 2005
Queridos A. e L.,
Hoje é dia das crianças aí no Brasil, e seu pai falou muito em vocês. Ele fala todos os dias, várias vezes ao dia, e tenho a certeza de que isso não significa nem uma mínima parte da quantidade de pensamentos nos quais vocês reinam absolutos. Será que vocês conseguem sentir isso? Acredito que sim, pois, ao contarem para ele como foi o dia de vocês, comentam apenas aquelas coisas das quais ele não participaria mesmo estando presente, como o dia na escola, os passeios com a mãe e os primos, os pensamentos mais secretos. Em tudo o mais, como quando vão dormir, comer, conversar, não comentam, pois estiveram juntos. Ou comentam apenas com aquele tom de observação de quem quer dividir o mesmo pensamento.
Queria contar para vocês das frutas chilenas, talvez por achar que algumas frutas são assim como as crianças. Principalmente as verdes, mas apenas as que são doces desde o início. Mas antes, queria que lessem um trechinho de um livro que compramos ontem, El viejo e el niño, de Efraim Barquero:“Los dos se detienem casi al mismo tiempo, al descubrir la fruta em los árboles, uno con la dulzura de la edad y el outro con la premura de los años.
Y las frutas maduran.
El viejo toma una, la huele largamente y se la da l niño, quien se la come con gusto y se mira las manos que huelen a fruta acabada.
Hay que verlos en esta ocupación de recolectores.
- Están buenas como em otros años, dice el anciano, poniendo-se algo triste, del color de las frutas recordadas.
El chico mira y no sabe qué decir, porque sus ojos y su boca tienem siempre la edad de todas las frutas.
El anciano le indica que ésta es más dulce, que ésta tiene más sol y ésa otra más luna, pero non las prueba.
Las muestra solamente com el dedo como si tuvieram nombres de personas desconocidas para su pequeno amigo.”
Pronto, é isso. Já pensaram se, como diz o velho, as frutas tivessem mesmo nome de pessoas? Pois, em línguas que não conhecemos, podemos até mesmo brincar disso. Há pessoas que se parecem com frutas, já perceberam? Algumas são doces, outras são azedas; outras já são bonitas desde a casca, outras apenas quando vemos o interior; algumas são mais comuns, mais extrovertidas, outras se escondem para aparecerem apenas em determinadas épocas do ano. Algumas são raras, outras iguais a todo mundo. E por aí vai, crianças, pois tudo na vida é dado a comparações. Há muitas frutas diferentes no Chile, e estou mandando fotos de algumas. Bem, esta foto aí acima é de um limão, quase igual a que temos por aí, mas apenas para mostrar como são mais compridos e bicudos.
Esta outra foto é de mexerica, ou tangerina, como quiserem chamá-la. Está cortada feito uma laranja por que achei que combinava cortá-la como uma laranja, por causa desta casca que tem uma cor laranja magnífica. Está bem, confesso que também fiz isso porque não gosto muito de descascar com as mãos, fica aquele cheiro de sumo que mesmo depois de muitas horas todo mundo sabe que você chupou mexerica.
E já que estamos falando de frutas conhecidas, eis aqui o papaia chileno. Aquele mamão que aí conhecemos apenas como papaia, aqui ganhou um sobrenome e se chama papaia tropical. Apenas papaia é um pequenino, que fiz questão de fotografar junto com a minha mão para que vocês tenham idéia do tamanho. Tudo nele é diferente, a começar pela casca, muito mais fina, mas é muito mais diferente no gosto, é azedinho. A textura do miolo é de uma goiaba bem madura, mas o gosto de aproxima de uma maracujá, ou de um cajá, não sei bem. Vocês conhecem cajá? Também não sei como se comem aqui, mas eu como de colherinha, e aos montes, pois adoro fruta um pouco azeda. Então, misturando os nomes com os gostos, será que poderíamos chamar essa fruta de paracajá? Ou será que vocês têm nome melhor? Vão pensando aí porque depois vou querer saber.
Esta outra foto é de um fruta da qual não me lembro o nome. Por fora lembra um pequeno abacate, que aqui se chama palta e é usado em todos os sanduíches (seu pai não gosta, e sempre pede os sanduíches sem palta). Aliás, sabiam que aqui o abacate não é considerado fruta? Mas voltando às nossa fruta-da-qual-esqueci-o-nome, ela tem uma cor bonita, mas o gosto é um pouco estranho. É uma fruta pesada, não tem jeito de fruta, tem muita “massa” (nada a ver com macarrão, certo?). Até voltarmos, vou tentar descobrir o nome dela para contar para vocês.
Essa aí da foto é minha fruta preferida, por enquanto, pois tenho experimentado todas que vejo pela frente. O nome dela é “tuna”, bem estranho para algo que vive fora d'água, mas gostosa demais! Tem a aparência de um kiwi, mas a casca é fina e lisinha, e a textura novamente se assemelha a uma goiaba, não muito madura, talvez por causa das sementes. O gosto também não sei explicar muito bem, mas é docinho, e me lembra fruta fresca, como a melancia ou novamente aquelas frutas típicas do nordeste, das suculentas.
Por fim, a fruta preferida do seu pai, a chirimoya. Acho que é a versão chilena da nossa “fruta-do-conde”, um pouco mais durinha e um pouco menos doce. E é com ela que me despeço, com o seu pai aqui ao lado mandando um grande beijo que vai se juntar ao meu.Com muito carinho, da amiga,
Ana
10.10.05
Cartas Chilenas III
Santiago do Chile, 10 de outubro de 2005
Queridos pais,
Em primeiro lugar, peço a benção de vocês. Em segundo, quero logo dizer que a A. está certa. Eu não imaginava que vocês fossem acreditar naquela história de eu estar sendo seguida por tal mulher. Foi uma brincadeira que fiz sem pensar, sem imaginar que os deixaria tão preocupados, e peço desculpas. Por aqui está tudo bem, estou ótima e gostando demais da viagem. Tanto que, como já disse na mensagem anterior, sinto-me em casa. Uma casa onde já consigo me comunicar, embora normalmente fale pouco, talvez com um medo de que as palavras gastem seus cheiros inerentes, seus gostos, suas cores e suas formas ao resvalarem os significados. Às vezes eu gostaria de fazer o contrário e armar a frase como a um alçapão pronto para cair sobre qualquer idéia que se aproximasse. Mas tenho idéias demais e perco muito tempo procurado signos para o que elas têm de germinal. De semente. Eu não consigo, mas Goethe disse que nunca deveríamos priorizar as idéias, porque elas são como as maçãs no tempo de colheita: caem várias, de várias árvores e pomares, ao mesmo tempo. E por falar em maçãs, lembre-me de que preciso te contar das frutas chilenas, mas vou fazer isso no dia em que falar do meu passeio ao Mercado Central, aproveitando também para falar da comida. Come-se bem aqui, e tenho abusado de tudo que que vive na água, meu elemento preferido.
Gosto de ouvir constantemente sons a que meus ouvidos não estão acostumados, e talvez até por isso fale menos ainda do que de costume. Aproximo-me com cuidado de uma língua que não é minha, e ainda mais por ela ser tão interessante: língua cheia de diminutivos (“poquito”, “quentito” etc...) e superlativos (“mutchissimo, amabilíssimo etc...). Encanta-me (outra expressão que usam bastante) o paradoxo dessas idéias, como também me gusta mutchissimo (atenção aqui!) a maciez fonética. O castelhano é uma língua manhosa, sibilante, suave, sedutora, carinhosa. Para ser falada, a língua deve fazer um bailado secreto que quase me causa pudores. É para se “encher a boca de nomes sonoros e o coração de sentimentos sublimes”. Como os que me acometeram ao mirar esta lua cheia sobre os Andes, fotografada da nossa varanda. Muito mais do que em qualquer outra língua (está bem, deixemos o português fora disso!), seria herético dizer coisas não-belas em castelhano. Seria uma língua também própria para o Belo Belo Belo, de Bandera: (...)Tenho o fogo de constelações extintas há milênios./ E o risco brevíssimo - que foi? passou - de tantas estrelas cadentes./ A aurora apaga-se,/ E eu guardo as mais puras lágrimas da aurora./ O dia vem, e dia adentro/ Continuo a possuir o segredo grande da noite./ Belo belo belo,/ Tenho tudo quanto quero. (...)
Ah, e tenho mesmo! Tenho principalmente a cicatriz que contém debaixo de si milhões de caquinhos de vidro, como se fosse histórias, e que querem sair; e coçam, e me atormentam, e me dão um prazer enorme quando finalmente consigo escrevê-las. Tenho, às vezes, a sensação de ser tão própria para a literatura quanto o é um surdo para a profissão de sineiro. Ele às vezes me chama a atenção para pessoas, lugares ou coisas, e eu o agradeço por isso, porque olho e vejo somente histórias, acontecimentos e descrições. Ele me mostra e eu vejo, porque sempre estive ocupada demais em admirar feito cega. Não do tipo e cegueira que admiro, que atiça os outros sentidos, mas de outra que ainda não sabe apurar os outros sentidos. Como soube Homero. Dizem que ele era cego, mas quem há de dizer que não viu as batalhas, os exércitos, a Grécia, os animais e os homens da Grécia, que se materializam na nossa frente tão logo vamos pescando suas palavras? Ah, essa cegueira eu queria, como queria uma dia me perder em qualquer cidade e pedir informações a um cego que estivesse disposto a me servir de guia através dos sentidos que apurou. Queria me apossar das impressões que não captamos por não sermos privados da visão. Que outros sentidos e significados eu poderia achar na lua de hoje? Um cego, antes de tudo, é um vidente. É Tirésias. Sem os olhos, ele usa os outros sentidos de uma forma muito mais rica, na sua totalidade ou sondando os detalhes, concentrados no que importa, “vendo” tudo quase como uma escultura da qual, já disse Michelângelo, tirou-se todo o material que não fazia parte dela. Como também o fazem os poetas.
Quase não tenho lido poesia, mas, hoje mesmo, ao ver os jardins chilenos (são muitos e muito bem cuidados, além dos jardins públicos, pois há uma praça a cada esquina), lembrei-me de uma poesia do Quintana: "Cada vez que um poeta cria uma borboleta, o leitor exclama: "Olha uma borboleta!" O crítico ajusta os nasóculos e, ante aquele pedaço esvoaçante de vida, murmura: - Ah! Sim, um lepidóptero...". Isso porque, apesar de tantos jardins e flores (muitas rosas, que estão lindas nesta época do ano), ainda não vi uma borboleta sequer. Bobas, pois aqui seriam chamadas sempre de borboletas mesmo, ou como quer que seja borboleta em castelhano, pois os chilenos são poetas de nascença. Haja visto os dois prêmios Nobel, dois poetas, Gabriela Mistral e Pablo Neruda. E por falar em poesia, mãe, lembra-se de que estávamos conversando outro dia sobre o poema “Casamento”, da Adélia Prado? Ontem, ao fazer uma limpeza na bolsa, que eu deveria ter feito aí no Brasil, para não trazer basura para o Chile, achei um pedaço de papel com uns escritos. Não sei de que texto e muito menos de que livro, mas tem muito a ver com o que conversamos sobre a temática dela. Copio aqui para você:
“Eu quero é o seio de Deus, quero encontrar Abraão e me insinuar junto dele, até ele perder o juízo e me fazer um filho que terá muitas terras e ovelhas. Emancipada eu não quero ser, quero é ser amada, feminina, de lindas mãos e boca de frutas, quero um vestido longo, um vestido de rendas e um cabelo macio, quero um colchão de penas, duas escravas negras muito limpas e quatro amantes: um músico, um padre, uma lavrador e um marido”. Só por este texto, ela mereceria, com certeza, uma guirlanda de sapatos. Sabia que isso é considerado ofensa gravíssima na Índia, entre os muçulmanos? Fiquei sabendo porque li que um líder religioso divulgou que pagará não sei quantas mil rúpias para quem conseguir colocar a tal guirlanda ao redor de uma escritora indiana acusada de heresia. Uma guirlanda de sapatos ou uma pichação a preto no rosto. Mundo estranho esse nosso, e é por causa disso que às vezes eu fujo, e vou habitar outros mundos onde há mulheres que me perseguem sem falar comigo... Brincadeira, meus queridos, brincadeira. Mas os beijos que mando e as saudades que sinto, não são. Da filha,
Ana
P.S.- me gusta: delícia de expressão para a auto-estima, dentro do nosso padrão de pensamento. Aqui, não sou eu quem gosto de nada, mas sim todas as coisas e todas as pessoas que me gostam. Me gosta a cidade, me gosta o país. Me gostam as pessoas, e isso, é claro, me dá muito gosto, porque também gosto delas. Me gostam os dias, que têm caprichado na tonalidade de azul do céu. Me gostam as montanhas, ora despertando familiaridades de Minas ou do Rio. Me gosta ouvi-lo falar com os filhos ao telefone. Me gosta sentar à varanda, à noite, e observar pirilampos incandescentes sinalizando a estatura dos Andes. Me gostam os mariscos, a treinera e o congrio. Me gosta tentar adivinhar o sabor de uma fruta desconhecida. Me gosta acordar com vontade de ficar em casa o dia inteiro, mudar de idéia, sair e, ao voltar, pensar que não teria me perdoado se tivesse perdido aquele passeio. Me gostam os sebos da rua Merced. Me gostam os velhos lampiões dependurados nos cotovelos dos prédios do centro. Me gosta o carinho dos amigos dele. Me gosta descer de um táxi em que o motorista está sempre indo tirar a mãe da forca. Me gosta tecer comparações entre quase tudo que vejo e lembro. Me gostam as praças de bancos vazios. Me gosta tirar muitas fotos. Me gosta o entardecer sobre os Andes, que fazem algodão-doce de neve. Me gosta não entender o que dizem para imaginar o que quer que eu queira que digam. Me gosta olhar para o resto dele, cheio de pequenas sardas, e me perguntar se ele comeu torta de sardas, como acontece em uma poesia de um livro que ele me trouxe da Argentina. Me gosta torcer para o time do Chile. Me gosta dormir até não poder mais. Me gosta acordar quando ainda quero dormir. Me gosta ir dormir sem ainda estar com vontade. Me gosta o ardido do ají. Me gosta reclamar que o que é doce é muito doce. Me gosta receber notícias de vocês. Me gosta prolongar a resposta para acumular mais noticias minhas. Me gostam as longas conversas que tenho com ele. Me gosta aprender a história daqui. Me gosta ter desencanado do regime. Me gosta o frio. Me gosta estar longe de vocês para sentir saudade. Me gosta escrever P.S. longo como se fosse carta.
Santiago do Chile, 10 de outubro de 2005
Queridos pais,
Em primeiro lugar, peço a benção de vocês. Em segundo, quero logo dizer que a A. está certa. Eu não imaginava que vocês fossem acreditar naquela história de eu estar sendo seguida por tal mulher. Foi uma brincadeira que fiz sem pensar, sem imaginar que os deixaria tão preocupados, e peço desculpas. Por aqui está tudo bem, estou ótima e gostando demais da viagem. Tanto que, como já disse na mensagem anterior, sinto-me em casa. Uma casa onde já consigo me comunicar, embora normalmente fale pouco, talvez com um medo de que as palavras gastem seus cheiros inerentes, seus gostos, suas cores e suas formas ao resvalarem os significados. Às vezes eu gostaria de fazer o contrário e armar a frase como a um alçapão pronto para cair sobre qualquer idéia que se aproximasse. Mas tenho idéias demais e perco muito tempo procurado signos para o que elas têm de germinal. De semente. Eu não consigo, mas Goethe disse que nunca deveríamos priorizar as idéias, porque elas são como as maçãs no tempo de colheita: caem várias, de várias árvores e pomares, ao mesmo tempo. E por falar em maçãs, lembre-me de que preciso te contar das frutas chilenas, mas vou fazer isso no dia em que falar do meu passeio ao Mercado Central, aproveitando também para falar da comida. Come-se bem aqui, e tenho abusado de tudo que que vive na água, meu elemento preferido.
Gosto de ouvir constantemente sons a que meus ouvidos não estão acostumados, e talvez até por isso fale menos ainda do que de costume. Aproximo-me com cuidado de uma língua que não é minha, e ainda mais por ela ser tão interessante: língua cheia de diminutivos (“poquito”, “quentito” etc...) e superlativos (“mutchissimo, amabilíssimo etc...). Encanta-me (outra expressão que usam bastante) o paradoxo dessas idéias, como também me gusta mutchissimo (atenção aqui!) a maciez fonética. O castelhano é uma língua manhosa, sibilante, suave, sedutora, carinhosa. Para ser falada, a língua deve fazer um bailado secreto que quase me causa pudores. É para se “encher a boca de nomes sonoros e o coração de sentimentos sublimes”. Como os que me acometeram ao mirar esta lua cheia sobre os Andes, fotografada da nossa varanda. Muito mais do que em qualquer outra língua (está bem, deixemos o português fora disso!), seria herético dizer coisas não-belas em castelhano. Seria uma língua também própria para o Belo Belo Belo, de Bandera: (...)Tenho o fogo de constelações extintas há milênios./ E o risco brevíssimo - que foi? passou - de tantas estrelas cadentes./ A aurora apaga-se,/ E eu guardo as mais puras lágrimas da aurora./ O dia vem, e dia adentro/ Continuo a possuir o segredo grande da noite./ Belo belo belo,/ Tenho tudo quanto quero. (...)
Ah, e tenho mesmo! Tenho principalmente a cicatriz que contém debaixo de si milhões de caquinhos de vidro, como se fosse histórias, e que querem sair; e coçam, e me atormentam, e me dão um prazer enorme quando finalmente consigo escrevê-las. Tenho, às vezes, a sensação de ser tão própria para a literatura quanto o é um surdo para a profissão de sineiro. Ele às vezes me chama a atenção para pessoas, lugares ou coisas, e eu o agradeço por isso, porque olho e vejo somente histórias, acontecimentos e descrições. Ele me mostra e eu vejo, porque sempre estive ocupada demais em admirar feito cega. Não do tipo e cegueira que admiro, que atiça os outros sentidos, mas de outra que ainda não sabe apurar os outros sentidos. Como soube Homero. Dizem que ele era cego, mas quem há de dizer que não viu as batalhas, os exércitos, a Grécia, os animais e os homens da Grécia, que se materializam na nossa frente tão logo vamos pescando suas palavras? Ah, essa cegueira eu queria, como queria uma dia me perder em qualquer cidade e pedir informações a um cego que estivesse disposto a me servir de guia através dos sentidos que apurou. Queria me apossar das impressões que não captamos por não sermos privados da visão. Que outros sentidos e significados eu poderia achar na lua de hoje? Um cego, antes de tudo, é um vidente. É Tirésias. Sem os olhos, ele usa os outros sentidos de uma forma muito mais rica, na sua totalidade ou sondando os detalhes, concentrados no que importa, “vendo” tudo quase como uma escultura da qual, já disse Michelângelo, tirou-se todo o material que não fazia parte dela. Como também o fazem os poetas.
Quase não tenho lido poesia, mas, hoje mesmo, ao ver os jardins chilenos (são muitos e muito bem cuidados, além dos jardins públicos, pois há uma praça a cada esquina), lembrei-me de uma poesia do Quintana: "Cada vez que um poeta cria uma borboleta, o leitor exclama: "Olha uma borboleta!" O crítico ajusta os nasóculos e, ante aquele pedaço esvoaçante de vida, murmura: - Ah! Sim, um lepidóptero...". Isso porque, apesar de tantos jardins e flores (muitas rosas, que estão lindas nesta época do ano), ainda não vi uma borboleta sequer. Bobas, pois aqui seriam chamadas sempre de borboletas mesmo, ou como quer que seja borboleta em castelhano, pois os chilenos são poetas de nascença. Haja visto os dois prêmios Nobel, dois poetas, Gabriela Mistral e Pablo Neruda. E por falar em poesia, mãe, lembra-se de que estávamos conversando outro dia sobre o poema “Casamento”, da Adélia Prado? Ontem, ao fazer uma limpeza na bolsa, que eu deveria ter feito aí no Brasil, para não trazer basura para o Chile, achei um pedaço de papel com uns escritos. Não sei de que texto e muito menos de que livro, mas tem muito a ver com o que conversamos sobre a temática dela. Copio aqui para você:
“Eu quero é o seio de Deus, quero encontrar Abraão e me insinuar junto dele, até ele perder o juízo e me fazer um filho que terá muitas terras e ovelhas. Emancipada eu não quero ser, quero é ser amada, feminina, de lindas mãos e boca de frutas, quero um vestido longo, um vestido de rendas e um cabelo macio, quero um colchão de penas, duas escravas negras muito limpas e quatro amantes: um músico, um padre, uma lavrador e um marido”. Só por este texto, ela mereceria, com certeza, uma guirlanda de sapatos. Sabia que isso é considerado ofensa gravíssima na Índia, entre os muçulmanos? Fiquei sabendo porque li que um líder religioso divulgou que pagará não sei quantas mil rúpias para quem conseguir colocar a tal guirlanda ao redor de uma escritora indiana acusada de heresia. Uma guirlanda de sapatos ou uma pichação a preto no rosto. Mundo estranho esse nosso, e é por causa disso que às vezes eu fujo, e vou habitar outros mundos onde há mulheres que me perseguem sem falar comigo... Brincadeira, meus queridos, brincadeira. Mas os beijos que mando e as saudades que sinto, não são. Da filha,Ana
P.S.- me gusta: delícia de expressão para a auto-estima, dentro do nosso padrão de pensamento. Aqui, não sou eu quem gosto de nada, mas sim todas as coisas e todas as pessoas que me gostam. Me gosta a cidade, me gosta o país. Me gostam as pessoas, e isso, é claro, me dá muito gosto, porque também gosto delas. Me gostam os dias, que têm caprichado na tonalidade de azul do céu. Me gostam as montanhas, ora despertando familiaridades de Minas ou do Rio. Me gosta ouvi-lo falar com os filhos ao telefone. Me gosta sentar à varanda, à noite, e observar pirilampos incandescentes sinalizando a estatura dos Andes. Me gostam os mariscos, a treinera e o congrio. Me gosta tentar adivinhar o sabor de uma fruta desconhecida. Me gosta acordar com vontade de ficar em casa o dia inteiro, mudar de idéia, sair e, ao voltar, pensar que não teria me perdoado se tivesse perdido aquele passeio. Me gostam os sebos da rua Merced. Me gostam os velhos lampiões dependurados nos cotovelos dos prédios do centro. Me gosta o carinho dos amigos dele. Me gosta descer de um táxi em que o motorista está sempre indo tirar a mãe da forca. Me gosta tecer comparações entre quase tudo que vejo e lembro. Me gostam as praças de bancos vazios. Me gosta tirar muitas fotos. Me gosta o entardecer sobre os Andes, que fazem algodão-doce de neve. Me gosta não entender o que dizem para imaginar o que quer que eu queira que digam. Me gosta olhar para o resto dele, cheio de pequenas sardas, e me perguntar se ele comeu torta de sardas, como acontece em uma poesia de um livro que ele me trouxe da Argentina. Me gosta torcer para o time do Chile. Me gosta dormir até não poder mais. Me gosta acordar quando ainda quero dormir. Me gosta ir dormir sem ainda estar com vontade. Me gosta o ardido do ají. Me gosta reclamar que o que é doce é muito doce. Me gosta receber notícias de vocês. Me gosta prolongar a resposta para acumular mais noticias minhas. Me gostam as longas conversas que tenho com ele. Me gosta aprender a história daqui. Me gosta ter desencanado do regime. Me gosta o frio. Me gosta estar longe de vocês para sentir saudade. Me gosta escrever P.S. longo como se fosse carta. 8.10.05
Cartas Chilenas II
Santiago do Chile, 8 de outubro de 2005
Querida irmã,
As fotos que seguem não têm nenhuma ligação com o motivo desta carta. São de alguns bares de Santiago, e achei que você gostaria de conhecer. Além do vinho, sobre o qual quero falar outro dia, tenho bebido Pisco, ou Pisco Sour, que é a versão chilena da nossa caipirinha. Se der tempo, vou ao Vale de Elqui, do rio Elqui, a principal região produtora dessa que é bebida nacional chilena. Mas antes que me embriague por estes caminhos, quero te pedir que entre em contato com a mamãe e o papai. Contei para eles que tenho sido seguida por uma mulher e fico com medo de que se preocupem mais do que o necessário. Peço que, por favor, dê um jeito de me desmentir, pois, da minha parte, por maior que seja a tentação, não mais falar com eles sobre ela. A você eu conto, pois sei que já está acostumada às minhas visões, mesmo que eu não acredite nelas como simples visões. São mais que isso, consigo reconhecer histórias, quase como se fossem idéias ou poções de cal viva sobre a pele ferida, reais demais. Porque idéia é o contrário de pensamento, sempre independendo de realidade. O imaginário é lugar que gosto de habitar, a ponto de às vezes também duvidar que existo plenamente, pensando se não sou o engodo, a farsa, a melhor de minhas personagens. Imagem apenas, sem as palavras, lugar de um silêncio antidiluviano, que é onde eu também a encontro, a tal mulher. Se quiser, posso mantê-la informada; mas, por favor, dê um jeito de despreocupar nossos pais, sim?
Por aqui estamos bem, muito bem, os dias ótimos para passear. Ontem à tarde ele foi assistir a um jogo (Chile 1 x Bolívia 1) e eu fui ao Museo de Arte Precolombino. Fantástico! Gostaria que você estivesse aqui, para irmos juntas. Lembra-se de quando era pequena e ia passar as férias comigo em São Paulo, e eu te levava ao Masp, às bienais de arte do Ibirapuera, ao MAM e a outros lugares onde éramos as únicas crianças? Você gostava, apesar de estes não parecerem passeios próprios para alguém de sete ou oito anos, que era a sua idade real e a que eu escolhia para estar com você. E por isso torço mais do que nunca para que você passe no concurso do IPHAN.
Antes de entrar no Museu, andei quase três horas pelo centro da cidade. Justo eu, que tenho preguiça de ir até a esquina. Mas andei feito louca, adorando tudo e não fixando muito bem praticamente nada, nem em fotos, pois estava – em vão – guardando espaço na máquina para fotografar o museu, e mais tarde descobri que não era permitido. Eu andava à deriva, tendo a impressão de que minha proa, louca bússola apontada ao acaso, singrava por entre as gentes me levando para longe do tempo presente, provocando uma fenda nas noções de tempo e espaço, pensado em Colombo, a quem, ao partir, disseram que os novos caminhos até a América eram infinitos. Eu me imaginava louca, minha irmã, embora plenamente consciente da loucura fundamentada por Gide, que disse que as únicas coisas belas são as que a loucura dita e a razão escreve. Eu caminhava pelas ruas do centro de Santiago como quem não quer apenas conhecê-las, para poder escrever sobre elas, mas incorporá-las. Existe uma dimensão onde a verdade e a fábula são a mesma coisa, e era lá que eu queria chegar, partindo da Plaza de Armas e vagando por Companía, Huerfanos, Agustinas, Merced, Moneda, Paseo Ahumada, Estado, Bandera, San Antonio, Miraflores e muitas outras das quais não me recordo o nome. Calles inteiramente tomada por pedestres, algumas fechadas aos carros, onde a presença carnal era sempre excedente. Bastavam os sentidos, pois muito estava ofertado ali, congelado, e quase completamente ignorado pelos corpos: detalhes que nenhum olho cuidava de deflorar. Exceto os meus e os dela.
Ela também me seguiu ao Museu. Não vou contar de tudo que vi, pois você pode encontrar informações mais precisas no site www.museoprecolombino.cl. Vou dizer apenas das coisas que mais me impressionaram. Mas antes, tendo passado pela Cathedral (vai também uma foto interna), onde posso ter deixado me influenciar por algum pensamento dela, lembrei algo que Kierkgaard pode ter falado, que o “eterno não é o mesmo que histórico, só em Deus”. Então, falaremos de que, minha irmã: do eterno ou do histórico? Como separá-los quando estamos lidando com culturas de mais de 7.000 anos? Porque é essa a idade de uma técnica de mumificação (desafio às leis divinas ou naturais?) desenvolvida pelas comunidades nômades pesqueiras que habitaram o litoral do deserto chileno a partir de 6.000 a.C., mais de 2.000 anos antes do desenvolvimento da técnica dos egípcios. Chinchorros. Vi duas dessas múmias, que a aridez do deserto tratou de conservar continuando o trabalho dos homens que queriam que seus mortos continuassem por mais tempo participando do mundo dos vivos. São múmias pequenas, de aproximadamente 50 ou 60 centímetros, com alguns órgãos substituídos por fibras vegetais e barro. Será que eles conseguiam vencer a morte pelo desprezo? Penso que sim, pois foi apenas na Idade Média que a teologia cristã separou vida terrena e vida após a morte, depreciando o corpo a elevando o intelecto. Eles provavelmente fundiam corpo e alma, que é quase o que acontece quando a gente ama e toca o corpo do outro querendo provocar um arrepio na alma, o desejo do outro tomado e manipulado como corpóreo e material.
Ainda do convívio com a morte, a arte pré-colombiana foi acrescida de vasilhas e urnas funerárias de cerâmica, e muitas oferendas fúnebres como machadinhos com cabos esculpidos na forma humana, maquetes de templos e esfinges animalescas. São interessantes também as grandes estátuas de madeiras chamadas chemamull, usadas pelos Mapuches (um dos principais povos de formação do Chile) do sul em rituais e velórios. São bem grandes, com mais ou menos 3 metros, e lembram um pouco os moais da Ilha de Páscoa (não vamos até lá, mas outro dia quero falar desta ilha e da Isla Robinson Crusoé). Os rostos de algumas delas me lembraram um pouco algumas máscaras geledés que vi na Bahia, e isso me fez reparar nas semelhanças das cerimônias egunguns africanas e esta dos Mapuches, onde, através daquelas estátuas, o espírito pode vagar por tempo na terra, sob a forma de “Am”, para então viajar até o “Nag Mapu”, onde se incorpora aos espíritos dos antepassados e continua zelando pelos seus familiares vivos. Quanto ao artesanato, o que mais me impressionou foram a cerâmica Diaguita, decorada com desenhos geométricos minúsculos e delicados, dentro que uma repetição perfeita e hipnótica, e as jóias Mapuche feitas de jade, cobre, ouro e prata dos Andes. Sabia que o Chile é o maior produtor de cobre do mundo? Muitas outras ainda riquezas e minerais dormem intocáveis sob o seu chão desértico ou gelado. E mais uma vez também vi grande semelhança entre os artesanato de ferro chileno e o africano, inclusive com algumas esculturas que lembraram muito os objetos de culto do candomblé, como os instrumentos musicais e o osé de Xangô.
Muitas vezes durante visita, principalmente antes de chegarmos às áreas do museu dedicada os povos que habitaram o solo chileno, achei que ela fosse falar comigo, pois me seguia de perto, olhando com maior atenção as vitrines a que eu tinha dedicado mais tempo. Sorriu para uma figura pequenina de cabeça semi-esférica e olhos extasiados, um teonanácatl, ou “ninito de agua”, que representa um fungo alucinógeno que brota nos campos depois das chuvas. Ainda hoje alguns xamãs o ingerem, principalmente no sul do México, Guatemala e El Salvador, invocando a aparição do homenzinho que vai ajudar na resolução de dificuldades.
A arte dos astecas também era muito ligada à morte, e vi inúmeras estátuas fantásticas em pedra muito bem lapidada dos chamados “companheiros na morte”, representando objetos, pessoas ou animais que deveriam acompanhar os mortos em suas tumbas, principalmente cachorros, considerados guias no mundo dos mortos. Havia também muitas máscaras usadas durante cerimônias públicas, festas religiosas e batalhas, ou como oferendas às divindades. Às vezes com feições deformadas, sugerindo uma transformação em aves ou felinos. Ela parecia ansiosa para seguirmos adiante, tomando a dianteira e me guiando para cultura maia, com sua cerâmica ornamental fascinante e colorida, onde se destacavam enormes totens usados como incensórios. E de novo lá estava a similaridade com a cultura africana em figuras femininas em cerâmica datadas de mais ou menos 1500 a. C., com enormes quadris, sexos e seios, às vezes até três seios, Iemanjás maternais, provavelmente deusas da fertilidade. Havia também, salvadas das decorações dos palácios maias, esculturas, pinturas e figuras em estuque e baixos relevos em pedra e madeira, onde aparece principalmente o Deus Sol caracterizado como guerreiro, com lanças e escudo. Na forma noturna, a divindade levava uma cabeça cortada para o mundo dos mortos, para provar suas vitórias no mundo dos vivos. Mas o que ela queria me mostrar, e por isso aumenta a minha desconfiança de que está ligada à escrita, era uma das principais, se não a principal, contribuição dos maias: a escrita. Até hoje ainda ainda são surpreendentes os conhecimentos que tinham de arquitetura, artes, astronomia e matemática, mas devo confessar que nada se compara à descoberta, no México, de escritos maias datados de 700 a. C.. Eles desenvolveram 3 tipos de escrita: a numérica, a calendárica e a histórica, através da qual nos deixaram conhecer os nomes das divindades, a biografia dos governantes e seus familiares, os rituais das elites, as alianças político-militares e as guerras; mas nada sobre a vida dos camponeses, artesãos e comerciantes. A escrita era um sinal de tão alto prestígio e distinção social (assim como ainda hoje?) que ultrapassou as fronteiras dos territórios maias e foi copiada por muitos outros povos, que nem mesmo conseguiam decifrá-la, usando-a como mera decoração de cerâmicas e vasilhas funerárias. Tenho certeza de que era isso que ela mais queria me mostrar naquele dia, e que ainda vamos conversar sobre o interesse que parecemos compartilhar.
Há muito mais coisas, e mais culturas, e mais povos e mais curiosidades e se destacar, minha irmã, mas deixo a cargo da sua curiosidade. Hoje ficamos por aqui, pois quero pensar em um meio de me aproximar dela amanhã. Reiterando o pedido de que você acalme a mamãe e o papai, mando um grande e carinhoso beijo,
Ana
Santiago do Chile, 8 de outubro de 2005
Querida irmã,
As fotos que seguem não têm nenhuma ligação com o motivo desta carta. São de alguns bares de Santiago, e achei que você gostaria de conhecer. Além do vinho, sobre o qual quero falar outro dia, tenho bebido Pisco, ou Pisco Sour, que é a versão chilena da nossa caipirinha. Se der tempo, vou ao Vale de Elqui, do rio Elqui, a principal região produtora dessa que é bebida nacional chilena. Mas antes que me embriague por estes caminhos, quero te pedir que entre em contato com a mamãe e o papai. Contei para eles que tenho sido seguida por uma mulher e fico com medo de que se preocupem mais do que o necessário. Peço que, por favor, dê um jeito de me desmentir, pois, da minha parte, por maior que seja a tentação, não mais falar com eles sobre ela. A você eu conto, pois sei que já está acostumada às minhas visões, mesmo que eu não acredite nelas como simples visões. São mais que isso, consigo reconhecer histórias, quase como se fossem idéias ou poções de cal viva sobre a pele ferida, reais demais. Porque idéia é o contrário de pensamento, sempre independendo de realidade. O imaginário é lugar que gosto de habitar, a ponto de às vezes também duvidar que existo plenamente, pensando se não sou o engodo, a farsa, a melhor de minhas personagens. Imagem apenas, sem as palavras, lugar de um silêncio antidiluviano, que é onde eu também a encontro, a tal mulher. Se quiser, posso mantê-la informada; mas, por favor, dê um jeito de despreocupar nossos pais, sim?
Por aqui estamos bem, muito bem, os dias ótimos para passear. Ontem à tarde ele foi assistir a um jogo (Chile 1 x Bolívia 1) e eu fui ao Museo de Arte Precolombino. Fantástico! Gostaria que você estivesse aqui, para irmos juntas. Lembra-se de quando era pequena e ia passar as férias comigo em São Paulo, e eu te levava ao Masp, às bienais de arte do Ibirapuera, ao MAM e a outros lugares onde éramos as únicas crianças? Você gostava, apesar de estes não parecerem passeios próprios para alguém de sete ou oito anos, que era a sua idade real e a que eu escolhia para estar com você. E por isso torço mais do que nunca para que você passe no concurso do IPHAN.Antes de entrar no Museu, andei quase três horas pelo centro da cidade. Justo eu, que tenho preguiça de ir até a esquina. Mas andei feito louca, adorando tudo e não fixando muito bem praticamente nada, nem em fotos, pois estava – em vão – guardando espaço na máquina para fotografar o museu, e mais tarde descobri que não era permitido. Eu andava à deriva, tendo a impressão de que minha proa, louca bússola apontada ao acaso, singrava por entre as gentes me levando para longe do tempo presente, provocando uma fenda nas noções de tempo e espaço, pensado em Colombo, a quem, ao partir, disseram que os novos caminhos até a América eram infinitos. Eu me imaginava louca, minha irmã, embora plenamente consciente da loucura fundamentada por Gide, que disse que as únicas coisas belas são as que a loucura dita e a razão escreve. Eu caminhava pelas ruas do centro de Santiago como quem não quer apenas conhecê-las, para poder escrever sobre elas, mas incorporá-las. Existe uma dimensão onde a verdade e a fábula são a mesma coisa, e era lá que eu queria chegar, partindo da Plaza de Armas e vagando por Companía, Huerfanos, Agustinas, Merced, Moneda, Paseo Ahumada, Estado, Bandera, San Antonio, Miraflores e muitas outras das quais não me recordo o nome. Calles inteiramente tomada por pedestres, algumas fechadas aos carros, onde a presença carnal era sempre excedente. Bastavam os sentidos, pois muito estava ofertado ali, congelado, e quase completamente ignorado pelos corpos: detalhes que nenhum olho cuidava de deflorar. Exceto os meus e os dela.
Ela também me seguiu ao Museu. Não vou contar de tudo que vi, pois você pode encontrar informações mais precisas no site www.museoprecolombino.cl. Vou dizer apenas das coisas que mais me impressionaram. Mas antes, tendo passado pela Cathedral (vai também uma foto interna), onde posso ter deixado me influenciar por algum pensamento dela, lembrei algo que Kierkgaard pode ter falado, que o “eterno não é o mesmo que histórico, só em Deus”. Então, falaremos de que, minha irmã: do eterno ou do histórico? Como separá-los quando estamos lidando com culturas de mais de 7.000 anos? Porque é essa a idade de uma técnica de mumificação (desafio às leis divinas ou naturais?) desenvolvida pelas comunidades nômades pesqueiras que habitaram o litoral do deserto chileno a partir de 6.000 a.C., mais de 2.000 anos antes do desenvolvimento da técnica dos egípcios. Chinchorros. Vi duas dessas múmias, que a aridez do deserto tratou de conservar continuando o trabalho dos homens que queriam que seus mortos continuassem por mais tempo participando do mundo dos vivos. São múmias pequenas, de aproximadamente 50 ou 60 centímetros, com alguns órgãos substituídos por fibras vegetais e barro. Será que eles conseguiam vencer a morte pelo desprezo? Penso que sim, pois foi apenas na Idade Média que a teologia cristã separou vida terrena e vida após a morte, depreciando o corpo a elevando o intelecto. Eles provavelmente fundiam corpo e alma, que é quase o que acontece quando a gente ama e toca o corpo do outro querendo provocar um arrepio na alma, o desejo do outro tomado e manipulado como corpóreo e material.
Ainda do convívio com a morte, a arte pré-colombiana foi acrescida de vasilhas e urnas funerárias de cerâmica, e muitas oferendas fúnebres como machadinhos com cabos esculpidos na forma humana, maquetes de templos e esfinges animalescas. São interessantes também as grandes estátuas de madeiras chamadas chemamull, usadas pelos Mapuches (um dos principais povos de formação do Chile) do sul em rituais e velórios. São bem grandes, com mais ou menos 3 metros, e lembram um pouco os moais da Ilha de Páscoa (não vamos até lá, mas outro dia quero falar desta ilha e da Isla Robinson Crusoé). Os rostos de algumas delas me lembraram um pouco algumas máscaras geledés que vi na Bahia, e isso me fez reparar nas semelhanças das cerimônias egunguns africanas e esta dos Mapuches, onde, através daquelas estátuas, o espírito pode vagar por tempo na terra, sob a forma de “Am”, para então viajar até o “Nag Mapu”, onde se incorpora aos espíritos dos antepassados e continua zelando pelos seus familiares vivos. Quanto ao artesanato, o que mais me impressionou foram a cerâmica Diaguita, decorada com desenhos geométricos minúsculos e delicados, dentro que uma repetição perfeita e hipnótica, e as jóias Mapuche feitas de jade, cobre, ouro e prata dos Andes. Sabia que o Chile é o maior produtor de cobre do mundo? Muitas outras ainda riquezas e minerais dormem intocáveis sob o seu chão desértico ou gelado. E mais uma vez também vi grande semelhança entre os artesanato de ferro chileno e o africano, inclusive com algumas esculturas que lembraram muito os objetos de culto do candomblé, como os instrumentos musicais e o osé de Xangô.
Muitas vezes durante visita, principalmente antes de chegarmos às áreas do museu dedicada os povos que habitaram o solo chileno, achei que ela fosse falar comigo, pois me seguia de perto, olhando com maior atenção as vitrines a que eu tinha dedicado mais tempo. Sorriu para uma figura pequenina de cabeça semi-esférica e olhos extasiados, um teonanácatl, ou “ninito de agua”, que representa um fungo alucinógeno que brota nos campos depois das chuvas. Ainda hoje alguns xamãs o ingerem, principalmente no sul do México, Guatemala e El Salvador, invocando a aparição do homenzinho que vai ajudar na resolução de dificuldades.A arte dos astecas também era muito ligada à morte, e vi inúmeras estátuas fantásticas em pedra muito bem lapidada dos chamados “companheiros na morte”, representando objetos, pessoas ou animais que deveriam acompanhar os mortos em suas tumbas, principalmente cachorros, considerados guias no mundo dos mortos. Havia também muitas máscaras usadas durante cerimônias públicas, festas religiosas e batalhas, ou como oferendas às divindades. Às vezes com feições deformadas, sugerindo uma transformação em aves ou felinos. Ela parecia ansiosa para seguirmos adiante, tomando a dianteira e me guiando para cultura maia, com sua cerâmica ornamental fascinante e colorida, onde se destacavam enormes totens usados como incensórios. E de novo lá estava a similaridade com a cultura africana em figuras femininas em cerâmica datadas de mais ou menos 1500 a. C., com enormes quadris, sexos e seios, às vezes até três seios, Iemanjás maternais, provavelmente deusas da fertilidade. Havia também, salvadas das decorações dos palácios maias, esculturas, pinturas e figuras em estuque e baixos relevos em pedra e madeira, onde aparece principalmente o Deus Sol caracterizado como guerreiro, com lanças e escudo. Na forma noturna, a divindade levava uma cabeça cortada para o mundo dos mortos, para provar suas vitórias no mundo dos vivos. Mas o que ela queria me mostrar, e por isso aumenta a minha desconfiança de que está ligada à escrita, era uma das principais, se não a principal, contribuição dos maias: a escrita. Até hoje ainda ainda são surpreendentes os conhecimentos que tinham de arquitetura, artes, astronomia e matemática, mas devo confessar que nada se compara à descoberta, no México, de escritos maias datados de 700 a. C.. Eles desenvolveram 3 tipos de escrita: a numérica, a calendárica e a histórica, através da qual nos deixaram conhecer os nomes das divindades, a biografia dos governantes e seus familiares, os rituais das elites, as alianças político-militares e as guerras; mas nada sobre a vida dos camponeses, artesãos e comerciantes. A escrita era um sinal de tão alto prestígio e distinção social (assim como ainda hoje?) que ultrapassou as fronteiras dos territórios maias e foi copiada por muitos outros povos, que nem mesmo conseguiam decifrá-la, usando-a como mera decoração de cerâmicas e vasilhas funerárias. Tenho certeza de que era isso que ela mais queria me mostrar naquele dia, e que ainda vamos conversar sobre o interesse que parecemos compartilhar.
Há muito mais coisas, e mais culturas, e mais povos e mais curiosidades e se destacar, minha irmã, mas deixo a cargo da sua curiosidade. Hoje ficamos por aqui, pois quero pensar em um meio de me aproximar dela amanhã. Reiterando o pedido de que você acalme a mamãe e o papai, mando um grande e carinhoso beijo,Ana
7.10.05
Cartas Chilenas I
Santiago do Chile, 7 de outubro de 2005
Queridos pais,
Já disse Fernando Pessoa que todo barco que parte tem uma aventura para viver; e todo barco que volta tem uma história para contar. Eu já tenho várias histórias, e me sentei agora para escrever sob o impacto de uma descoberta que preciso contar para alguém. Ainda não há ninguém aqui em quem eu confie totalmente, a não ser ele, que talvez não seja a pessoa mais indicada. Nem tanto pensando em mim, mas nele mesmo, que pode se assustar e duvidar do que às vezes eu mesma duvido: da minha capacidade de discernir entre o real e o imaginário. Aconteceu que acabei de ter certeza de que ele não a vê, de que ela paira longe do que ele sequer poderia imaginar. É uma honra temerária tê-la como uma daquelas amigas imaginárias de infância, daquelas que enganavam os adultos à minha volta soltas em uma freqüência inalcançável para o ouvido deles. Digo honra porque, tendo-a por perto durante os últimos quatro dias, já começo a desconfiar de quem ela pode ser, mas ainda não tenho certeza suficiente para dizê-lo. Agora há pouco ela estava aqui na varanda quando ele foi fechar a porta balcão da sala, pois já começa a esfriar, e ele a ignorou. Tive a impressão de, mesmo na penumbra, vê-la esmagar ironia e desafio no canto de um meio-sorriso, e foi para ele, não para mim. Respeitamo-nos, eu e ela, e isso já me basta para não temer o que quer que, nas suas condições, ela possa pensar em fazer contra mim. Mas antes de falar mais sobre ela, devo notícias, que apenas esbocei naquele curto e-mail da chegada.
Papai, tenho tomado muito vinho por você. Pode ficar tranqüilo que levarei alguns para tomarmos juntos. Muito bons os vinhos chilenos, e ajudam a aquecer. Faz frio, mas ainda não enfrentei nada do que já passamos por aí, naqueles invernos mais bravos. Dentro do apartamento é perfeitamente possível ficar de camiseta, com todas as janelas fechadas, pois venta bastante. Um vento úmido, provavelmente vindo do litoral, que não fica muito longe daqui. Aliás, nenhuma distância leste-oeste é grande por aqui. E acredito que o vento só pode vir do litoral, pois, do outro lado está a Cordilheira dos Andes. O Chile tem menos de 180km de largura. Imagina isso? Muito menos que a distância daí a São Paulo ou a Belo Horizonte. Mas tem mais de 4.300km de litoral, que atravessa desertos e geleiras. Interesso-me mais por desertos do que por geleiras, e vamos dar um jeito de ir até lá. Dizem que o deserto está avançado e já é possível encontrá-lo a menos de seis horas de viagem de Santiago, e ainda que, depois de uma chuva, as areias se cobrem de flores. Isso me lembra o início de um poema de Cecília Meireles; “Se te perguntarem quem era essa que às areias e gelos quis ensinar a primavera...”. Pelo jeito as areias e os gelos daqui já a sabem.
Ah, os Andes, mãe, imagine a minha alegria quando soube que ia atravessá-los pelo ar. É amedrontador de tão bonito. Viajamos com o dia claro, e o sol estava a meio céu quando sobrevoamos as montanhas. Primeiro, aquela sensação sempre fascinante de ter as nuvens aos nossos pés, o céu virado do avesso. Dia claro e ensolarado, e de vez em quando uma ou outra nuvem. De repente, um amontoado de nuvens sem autonomia para cruzar as montanhas e se amontoando como uma grande onda de gotículas de água e espuma batendo contra rochedos, refletindo o sol com uma claridade de enceguecer, mas da qual era impossível de se tirar os olhos. Ao longe, driblando a asa do avião, do meu ponto de vista, cumes pontiagudos ameaçando a intangibilidade da abóbada azul. Os Andes.
Ah, pai, se você soubesse como, do alto, eles se parecem com o chão rochoso que você tão bem esculpe para os nossos presépios, com papel imitando a rocha da gruta-manjedoura... Eu já esperava a qualquer hora ver ali, entre os cumes, o berço vazio do Menino. Enchi-me de ternura pelos Andes, pai, pois parecia-me ver ali, esculpidos em sombras enfileiradas, os animais com os reis magos. Eu esperava ver São José cravar o cajado na neve e puxar as pegadas do burrinho carregando Maria. Porque os berços já estavam lá, entre os cumes que se perdiam de vista, os vários berços revestidos de neve derretida. Quanta luz!, à guisa de estrela, vinda das rochas semi-vestidas (ou semi-despidas?) e enchapeladas de neve. Quanta luz! Tirei fotos, pai, e vou te mostrar como aquelas montanhas se parecem com o cenário tropical de nossos presépios. E por falar em presépio, como vai a construção da fonte? Tire fotos também das várias etapas que vou perder.
Atravessando os Andes, Santiago já se mostrava, cidade bonita e espaçada de se ver tanto do alto quanto à sua altura, como uma pérola dentro de concha pétrea. Pelo menos é assim que me sinto ao sair à sacada do apartamento e esbarrar os olhos na parede montanhosa à minha frente. Vista privilegiada, pensei num primeiro momento, mas que hoje já sei ser democraticamente distribuída.
Acredita que ainda não fui ao centro? Vou amanhã, enquanto ele assiste a um jogo de futebol e torce com amigos ao redor de uma panela de mariscada. Escolhi o Museu de Arte Precolombino como meu primeiro passeio, e vou sozinha, orgulhosa de me virar perfeitamente bem com meu portunhol. Compreendo tudo que falam, mas ainda me sinto intimidada em soltar os “erres”. Quero começar a conhecer o Chile pelo “antes-do-Chile”, pelos diversos povos que já passaram por aqui e pela vizinhança. Depois conto tudo.
Será que ela me acompanhará? Aqui pelo bairro sim. Não a vejo me seguindo, apesar da presença se fechando como uma teia etérea ao meu redor, como se me protegesse ou, quem sabe, se não quisesse me deixar escapar. Tenho a sensação de que sou presa importante para ela, principalmente quando a vi sentada em uma cadeira da casa de câmbio onde fui trocar dinheiro. Eu estava de pé, esperando minha vez de ser atendida e a vi sentada a um canto, segura da condição de não ser vista por ninguém além de mim. Sinto também, mesmo que nada de especial tenha me levado a isso, que faz muito tempo que ninguém a vê, por causa de um certo desconforto quando a olho com certa insistência, prestando atenção às suas roupas austeras, à sua falta de vaidade, ao seu porte indisfarçável e pesado, quando caminhava logo atrás de mim pelos corredores do supermercado. Sim, mãe, aqui temos feito compras e cozinhado, e tenho adorado ter à disposição uma enorme quantidade de peixes e frutos do mar. Ela não me perece ser o tipo de mulher que gosta de cozinhar, a quem eu poderia pedir receitas, pois seria um bom motivo para a abordagem, pois ainda não nos falamos. Tenho curiosidade de ouvir a voz dela, mas seu olhar me intimida um pouco, assim como toda sua figura. Uma mulher grande, a quem o tempo e a morte não tiraram a força e a dignidade. Percebeu que eu disse “morte”? Sim, mãe, eu a imagino morta, espectro, fantasmagoria, apesar da sua natureza captável pela maioria dos meus sentidos. Já sou capaz de sentir a presença dela às minhas costas pelo cheiro de coisa guardada, de lembranças envolvidas em sachês. Até por isso não tenho medo, é real demais. Mas ele não a vê, e hoje tive certeza.
Foi interessante como a vi pela primeira vez, na terça-feira. Sabe como gosto de fotografias, né? Principalmente de fotos antigas, de pessoas ou lugares, pois é como se elas recortassem um buraco na trama densa do passado e me deixassem ver o que há por detrás desse nosso tempo. Foi num pequeno shopping center que há aqui perto de casa (eu e essa minha capacidade de ir me instalando e me sentindo em casa em qualquer lugar onde permaneço mais de dois dias...), onde há diversos antiquários. Enquanto ele estava num cyber, atualizando o blog, fui caminhar e um dos antiquários me chamou a atenção. Havia um piano antigo à porta e parei para vê-lo melhor. Sinto algo estranho diante de instrumentos antigos, um respeito, como se eles pudessem armazenar as diversas notas e combinações que lhe foram sobrepostas ao longo dos anos. Estava preso por uma grossa corrente aos pés de uma mesa muito interessante, da qual tirei fotos para ver se monto uma igual, com o tampo de vidro deixando ver sobre ele toda a armação, com folhas e tudo, de uma janela de madeira antiga e com a pintura descascada. Um senhor não muito simpático saiu à porta e perguntou se eu queria algo. Respondi que apenas “mirava”, e ele me convidou a entrar. Pensei em dizer que não, pois não pretendia comprar nada, mas entrei e em poucos segundos já não sabia mais para que canto olhar, cada qual guardando objetos mais interessantes que os outros. Sobre uma mesa, no meio de inúmeros badulaques, um maço de fotos atado com fita vermelha me chamou mais atenção. A foto de cima era do antigo prédio do Correos de Chile, mas, com um breve carteado, percebi que as fotos do meio eram em sua grande maioria de pessoas; e fotos antigas de pessoas desconhecidas sempre me inspiram a escrever, com total liberdade para inventar passados, presentes e futuros.
O homem notou meu interesse e disse que custavam 10.000 pesos, o equivalente a R$ 50,00, e resolvi pagar pra ver. Esperei com certa impaciência que ele embrulhasse o pacote e saí da loja, no terceiro andar. Desci até o cyber café, no térreo, e vi que ele já tinha respondido e-mails e comentários e feito um post no blog. Dez segundos, foi o máximo de tempo que passei de costas para a parede envidraçada do cyber café, e quando me virei novamente para sair e esperá-lo do lado de fora, ela estava sentada em um banco, no meio da praça interna.
Não estava lá quando entrei, tenho certeza, pois teria passado ao lado dela. Chamou-me a atenção pela discrição, mais do que por qualquer outra coisa, o corpo grande tentando passar desapercebido dentro de um conjunto de saia e casaco cinza escuro e blusa com gola rulê, também cinza, mas de um tom mais claro e tecido felpudo. Tinha as mãos postas sobre o colo e parecia olhar para os pés presos dentro de rudes sapatos pretos calçados sobre meias grossas também pretas. O rosto não tinha nada de especial, com poucas rugas, e os cabelos eram curtos e opacos, quase que totalmente brancos nas têmporas e no alto da cabeça. Tinha a princípio um ar desamparado, que me comoveu a ponto de eu ficar olhando para ela com vontade de perguntar se estava se sentindo bem. Não sei quanto tempo fiquei olhando para ela e sendo ignorada, e só percebi que ainda estava dentro da loja quando ele tocou meu ombro e perguntou se eu tinha duas moedas de cem pesos. Abri a bolsa, peguei as moedas e quando levantei os olhos novamente, ela tinha sumido. Tendo ido até o caixa, ele não percebeu a minha surpresa, e eu nada disse quando saímos, nem sobre as fotos e nem sobre a mulher. E muito menos sobre a curiosidade que me fez querer ir logo para casa e abrir a bolsa com calma e sozinha, com medo de que o pacote com as fotos também pudesse ter sumido de lá de dentro.
Demorei mais de duas horas para criar coragem, enquanto me ocupava em tirar fotos da nesga de Andes que temos da varanda e escrever aquele curto bilhete que enviei há dois dias, contando que tínhamos chegado bem. Sim, as fotos ainda estavam lá, tão reais quanto a imagem que aquela mulher cravou na minha cabeça. O que teria acontecido se eu tivesse tentando fotografá-la? Fico curiosa, porque, depois daquele primeiro encontro, nunca mais tive a oportunidade de vê-la tão quieta e sozinha, como se posasse. Mas, ao mesmo tempo, gosto de não tê-lo feito, pois assim prolongo a impressão de que a imagem dela não se deixaria gravar.
Por hoje fico aqui, pois estamos de saída para jantar com alguns amigos. Amanhã falo deles, que já conheço de um encontro que tivemos na nossa primeira noite na cidade. Esperando que estejam todos bem e pedindo a benção,
Ana
Santiago do Chile, 7 de outubro de 2005
Queridos pais,
Já disse Fernando Pessoa que todo barco que parte tem uma aventura para viver; e todo barco que volta tem uma história para contar. Eu já tenho várias histórias, e me sentei agora para escrever sob o impacto de uma descoberta que preciso contar para alguém. Ainda não há ninguém aqui em quem eu confie totalmente, a não ser ele, que talvez não seja a pessoa mais indicada. Nem tanto pensando em mim, mas nele mesmo, que pode se assustar e duvidar do que às vezes eu mesma duvido: da minha capacidade de discernir entre o real e o imaginário. Aconteceu que acabei de ter certeza de que ele não a vê, de que ela paira longe do que ele sequer poderia imaginar. É uma honra temerária tê-la como uma daquelas amigas imaginárias de infância, daquelas que enganavam os adultos à minha volta soltas em uma freqüência inalcançável para o ouvido deles. Digo honra porque, tendo-a por perto durante os últimos quatro dias, já começo a desconfiar de quem ela pode ser, mas ainda não tenho certeza suficiente para dizê-lo. Agora há pouco ela estava aqui na varanda quando ele foi fechar a porta balcão da sala, pois já começa a esfriar, e ele a ignorou. Tive a impressão de, mesmo na penumbra, vê-la esmagar ironia e desafio no canto de um meio-sorriso, e foi para ele, não para mim. Respeitamo-nos, eu e ela, e isso já me basta para não temer o que quer que, nas suas condições, ela possa pensar em fazer contra mim. Mas antes de falar mais sobre ela, devo notícias, que apenas esbocei naquele curto e-mail da chegada.
Papai, tenho tomado muito vinho por você. Pode ficar tranqüilo que levarei alguns para tomarmos juntos. Muito bons os vinhos chilenos, e ajudam a aquecer. Faz frio, mas ainda não enfrentei nada do que já passamos por aí, naqueles invernos mais bravos. Dentro do apartamento é perfeitamente possível ficar de camiseta, com todas as janelas fechadas, pois venta bastante. Um vento úmido, provavelmente vindo do litoral, que não fica muito longe daqui. Aliás, nenhuma distância leste-oeste é grande por aqui. E acredito que o vento só pode vir do litoral, pois, do outro lado está a Cordilheira dos Andes. O Chile tem menos de 180km de largura. Imagina isso? Muito menos que a distância daí a São Paulo ou a Belo Horizonte. Mas tem mais de 4.300km de litoral, que atravessa desertos e geleiras. Interesso-me mais por desertos do que por geleiras, e vamos dar um jeito de ir até lá. Dizem que o deserto está avançado e já é possível encontrá-lo a menos de seis horas de viagem de Santiago, e ainda que, depois de uma chuva, as areias se cobrem de flores. Isso me lembra o início de um poema de Cecília Meireles; “Se te perguntarem quem era essa que às areias e gelos quis ensinar a primavera...”. Pelo jeito as areias e os gelos daqui já a sabem.Ah, os Andes, mãe, imagine a minha alegria quando soube que ia atravessá-los pelo ar. É amedrontador de tão bonito. Viajamos com o dia claro, e o sol estava a meio céu quando sobrevoamos as montanhas. Primeiro, aquela sensação sempre fascinante de ter as nuvens aos nossos pés, o céu virado do avesso. Dia claro e ensolarado, e de vez em quando uma ou outra nuvem. De repente, um amontoado de nuvens sem autonomia para cruzar as montanhas e se amontoando como uma grande onda de gotículas de água e espuma batendo contra rochedos, refletindo o sol com uma claridade de enceguecer, mas da qual era impossível de se tirar os olhos. Ao longe, driblando a asa do avião, do meu ponto de vista, cumes pontiagudos ameaçando a intangibilidade da abóbada azul. Os Andes.
Ah, pai, se você soubesse como, do alto, eles se parecem com o chão rochoso que você tão bem esculpe para os nossos presépios, com papel imitando a rocha da gruta-manjedoura... Eu já esperava a qualquer hora ver ali, entre os cumes, o berço vazio do Menino. Enchi-me de ternura pelos Andes, pai, pois parecia-me ver ali, esculpidos em sombras enfileiradas, os animais com os reis magos. Eu esperava ver São José cravar o cajado na neve e puxar as pegadas do burrinho carregando Maria. Porque os berços já estavam lá, entre os cumes que se perdiam de vista, os vários berços revestidos de neve derretida. Quanta luz!, à guisa de estrela, vinda das rochas semi-vestidas (ou semi-despidas?) e enchapeladas de neve. Quanta luz! Tirei fotos, pai, e vou te mostrar como aquelas montanhas se parecem com o cenário tropical de nossos presépios. E por falar em presépio, como vai a construção da fonte? Tire fotos também das várias etapas que vou perder.Atravessando os Andes, Santiago já se mostrava, cidade bonita e espaçada de se ver tanto do alto quanto à sua altura, como uma pérola dentro de concha pétrea. Pelo menos é assim que me sinto ao sair à sacada do apartamento e esbarrar os olhos na parede montanhosa à minha frente. Vista privilegiada, pensei num primeiro momento, mas que hoje já sei ser democraticamente distribuída.
Acredita que ainda não fui ao centro? Vou amanhã, enquanto ele assiste a um jogo de futebol e torce com amigos ao redor de uma panela de mariscada. Escolhi o Museu de Arte Precolombino como meu primeiro passeio, e vou sozinha, orgulhosa de me virar perfeitamente bem com meu portunhol. Compreendo tudo que falam, mas ainda me sinto intimidada em soltar os “erres”. Quero começar a conhecer o Chile pelo “antes-do-Chile”, pelos diversos povos que já passaram por aqui e pela vizinhança. Depois conto tudo.Será que ela me acompanhará? Aqui pelo bairro sim. Não a vejo me seguindo, apesar da presença se fechando como uma teia etérea ao meu redor, como se me protegesse ou, quem sabe, se não quisesse me deixar escapar. Tenho a sensação de que sou presa importante para ela, principalmente quando a vi sentada em uma cadeira da casa de câmbio onde fui trocar dinheiro. Eu estava de pé, esperando minha vez de ser atendida e a vi sentada a um canto, segura da condição de não ser vista por ninguém além de mim. Sinto também, mesmo que nada de especial tenha me levado a isso, que faz muito tempo que ninguém a vê, por causa de um certo desconforto quando a olho com certa insistência, prestando atenção às suas roupas austeras, à sua falta de vaidade, ao seu porte indisfarçável e pesado, quando caminhava logo atrás de mim pelos corredores do supermercado. Sim, mãe, aqui temos feito compras e cozinhado, e tenho adorado ter à disposição uma enorme quantidade de peixes e frutos do mar. Ela não me perece ser o tipo de mulher que gosta de cozinhar, a quem eu poderia pedir receitas, pois seria um bom motivo para a abordagem, pois ainda não nos falamos. Tenho curiosidade de ouvir a voz dela, mas seu olhar me intimida um pouco, assim como toda sua figura. Uma mulher grande, a quem o tempo e a morte não tiraram a força e a dignidade. Percebeu que eu disse “morte”? Sim, mãe, eu a imagino morta, espectro, fantasmagoria, apesar da sua natureza captável pela maioria dos meus sentidos. Já sou capaz de sentir a presença dela às minhas costas pelo cheiro de coisa guardada, de lembranças envolvidas em sachês. Até por isso não tenho medo, é real demais. Mas ele não a vê, e hoje tive certeza.
Foi interessante como a vi pela primeira vez, na terça-feira. Sabe como gosto de fotografias, né? Principalmente de fotos antigas, de pessoas ou lugares, pois é como se elas recortassem um buraco na trama densa do passado e me deixassem ver o que há por detrás desse nosso tempo. Foi num pequeno shopping center que há aqui perto de casa (eu e essa minha capacidade de ir me instalando e me sentindo em casa em qualquer lugar onde permaneço mais de dois dias...), onde há diversos antiquários. Enquanto ele estava num cyber, atualizando o blog, fui caminhar e um dos antiquários me chamou a atenção. Havia um piano antigo à porta e parei para vê-lo melhor. Sinto algo estranho diante de instrumentos antigos, um respeito, como se eles pudessem armazenar as diversas notas e combinações que lhe foram sobrepostas ao longo dos anos. Estava preso por uma grossa corrente aos pés de uma mesa muito interessante, da qual tirei fotos para ver se monto uma igual, com o tampo de vidro deixando ver sobre ele toda a armação, com folhas e tudo, de uma janela de madeira antiga e com a pintura descascada. Um senhor não muito simpático saiu à porta e perguntou se eu queria algo. Respondi que apenas “mirava”, e ele me convidou a entrar. Pensei em dizer que não, pois não pretendia comprar nada, mas entrei e em poucos segundos já não sabia mais para que canto olhar, cada qual guardando objetos mais interessantes que os outros. Sobre uma mesa, no meio de inúmeros badulaques, um maço de fotos atado com fita vermelha me chamou mais atenção. A foto de cima era do antigo prédio do Correos de Chile, mas, com um breve carteado, percebi que as fotos do meio eram em sua grande maioria de pessoas; e fotos antigas de pessoas desconhecidas sempre me inspiram a escrever, com total liberdade para inventar passados, presentes e futuros.
O homem notou meu interesse e disse que custavam 10.000 pesos, o equivalente a R$ 50,00, e resolvi pagar pra ver. Esperei com certa impaciência que ele embrulhasse o pacote e saí da loja, no terceiro andar. Desci até o cyber café, no térreo, e vi que ele já tinha respondido e-mails e comentários e feito um post no blog. Dez segundos, foi o máximo de tempo que passei de costas para a parede envidraçada do cyber café, e quando me virei novamente para sair e esperá-lo do lado de fora, ela estava sentada em um banco, no meio da praça interna.Não estava lá quando entrei, tenho certeza, pois teria passado ao lado dela. Chamou-me a atenção pela discrição, mais do que por qualquer outra coisa, o corpo grande tentando passar desapercebido dentro de um conjunto de saia e casaco cinza escuro e blusa com gola rulê, também cinza, mas de um tom mais claro e tecido felpudo. Tinha as mãos postas sobre o colo e parecia olhar para os pés presos dentro de rudes sapatos pretos calçados sobre meias grossas também pretas. O rosto não tinha nada de especial, com poucas rugas, e os cabelos eram curtos e opacos, quase que totalmente brancos nas têmporas e no alto da cabeça. Tinha a princípio um ar desamparado, que me comoveu a ponto de eu ficar olhando para ela com vontade de perguntar se estava se sentindo bem. Não sei quanto tempo fiquei olhando para ela e sendo ignorada, e só percebi que ainda estava dentro da loja quando ele tocou meu ombro e perguntou se eu tinha duas moedas de cem pesos. Abri a bolsa, peguei as moedas e quando levantei os olhos novamente, ela tinha sumido. Tendo ido até o caixa, ele não percebeu a minha surpresa, e eu nada disse quando saímos, nem sobre as fotos e nem sobre a mulher. E muito menos sobre a curiosidade que me fez querer ir logo para casa e abrir a bolsa com calma e sozinha, com medo de que o pacote com as fotos também pudesse ter sumido de lá de dentro.
Demorei mais de duas horas para criar coragem, enquanto me ocupava em tirar fotos da nesga de Andes que temos da varanda e escrever aquele curto bilhete que enviei há dois dias, contando que tínhamos chegado bem. Sim, as fotos ainda estavam lá, tão reais quanto a imagem que aquela mulher cravou na minha cabeça. O que teria acontecido se eu tivesse tentando fotografá-la? Fico curiosa, porque, depois daquele primeiro encontro, nunca mais tive a oportunidade de vê-la tão quieta e sozinha, como se posasse. Mas, ao mesmo tempo, gosto de não tê-lo feito, pois assim prolongo a impressão de que a imagem dela não se deixaria gravar.Por hoje fico aqui, pois estamos de saída para jantar com alguns amigos. Amanhã falo deles, que já conheço de um encontro que tivemos na nossa primeira noite na cidade. Esperando que estejam todos bem e pedindo a benção,
Ana
